Idas y venidas
Participaron en esta sesión: Kaldor Knor, Caballero de la Corona; Sir Sánchez, también Caballero de Solamnia del mismo rango; -------, mago túnica blanca; Zifnab, mago humano; Gän, enano guardabosques; John Bladearm, guerrero humano de Sirgel; Txon el kender.
Aunque extenuado tras su arduo combate, Sir Sánchez se dedicó tras la batalla a recorrer la cubierta tratando de ayudar a heridos y moribundos. Se organizó un pequeño grupo destinado a tal fin, encabezado por un marinero que había sido cirujano barbero antes de embarcarse y de esta forma, Sir Sánchez pasó las siguientes horas aplicando sus conocimientos sobre curación a los algo más de la docena de heridos que todavía permanecían sobre la cubierta. Pasado un tiempo otro marinero cifró en la decena a los compañeros que habían caído al mar a causa del impacto de los cañonazos en la cubierta del Fénix de los Mares, si bien rescataron con vida a dos de ellos y a uno de los piratas que había resbalado en la cuerda con la grasa de Zifnab. El resto del grupo se retiró a descansar y el mago verde fue enviado al camarote que hacía las veces de enfermería. Aquella noche no hubo fiesta a bordo del Fénix de los Mares.
El día siguiente amaneció claro y soleado, como si nada hubiera ocurrido, y así se mantuvo toda la mañana. La enfermería proseguía su febril actividad y hacia allí se dirigió Sir Sánchez, tras sus rezos matutinos, dispuesto una vez más a echar una mano en lo que pudiera. Aplicó sus conocimientos y su fe sobre los heridos que todavía lo necesitaban y pasó allí el resto del día. Zifnab, por su parte, se encontraba estable y por lo visto solo necesitaba reposo para recuperarse completamente. Charlaba animosamente con Sir Sánchez, pidiéndole al caballero que le relatara la parte de la batalla que se había perdido y se congratuló especialmente cuando éste le contó como John había acabado con su agresor.
Lo de Txon era otra historia. Su perenne carácter alegre había desaparecido, trocándose en una apatía que encogía el alma, y ni siquiera quiso subirse a la cofa. Mathus estaba desesperado y hasta John, que agradecía sobremanera el cambio experimentado por el kender, se sorprendió así mismo tratando de animar al afligido hombrecillo.
A media mañana, justo antes de la hora de comer, Tanis hizo acto de presencia en cubierta y Kaldor sugirió al semielfo que interrogaran a los piratas que habían hecho prisioneros. Aunque poco convencido, Tanis accedió a las peticiones del Caballero de Solamnia y juntos se dirigieron a las bodegas donde mantenían cautivos a los corsarios. Dos marineros custodiaban la entrada y cuando entraron, encontraron a los prisioneros atados por las muñecas descansando apoyados en la pared. Tras unas cuantas preguntas, de las que Kaldor no obtuvo ningún tipo de información valiosa, se les informó a los prisioneros que iban a ser puestos a disposición de la justicia tan pronto arribaran a Ergoth del Norte, noticia que fue aceptada con resignación e indiferencia por parte de los piratas. Sin más que añadir por ninguna de las dos partes, Kaldor y Tanis salieron de nuevo de la improvisada celda.
Después de la comida y viendo la situación calma de la mar, la tripulación se permitió un placentero descanso después de las tensiones vividas en las últimas horas. Un espeso letargo parecía haberse extendido sobre la nave, cubriéndola como una mullida manta. No obstante, el vigía sacó a todos del merecido descanso con un nuevo grito de “¡barco a la vista!”, tras el que todo el mundo a bordo sintió de nuevo la amenaza sobre sus cabezas. Jango salió del camarote del capitán como alma que lleva el diablo, catalejo en mano y gritándole al vigía que le indicara la posición. Cuando el contramaestre dirigió su vista hacia donde le decía al vigilante, dio un suspiro de alivio y comentó a los que le rodeaban que solo se trataba de un barco mercante que venía del norte. Dio órdenes al timonel para que se pusiese a su altura con el fin de poder parlamentar con su capitán, un viejo conocido suyo de cuando solo eran unos grumetes, según explicó. En efecto, la otra nave también maniobró de forma que ambas embarcaciones navegaban ahora paralelamente, de una forma parecida a como se había producido el abordaje por parte de los piratas. El capitán del otro barco se apoyaba en la barandilla de estribor, mientras que Jango saludaba desde babor en el Fénix de los Mares. Tras los saludos pertinentes y tras informar Jango de hacia donde pensaban dirigirse, el capitán del otro navío mostró su preocupación: según había oído, extraños sucesos acaecían en Ergoth y en el norte en general. Se oía hablar de una nueva guerra, de que los ejércitos del Dragón se hacían fuertes otra vez y de otras supercherías. Por todo esto, había aceptado un trabajo que le llevaría al sur por un tiempo, alejándolos a él y a su tripulación de eventuales peligros, y recomendó a Jango que hiciera lo mismo. Dándole las gracias por su preocupación, ambos se despidieron cordialmente y las naves tomaron direcciones opuestas. El sopor en que se hallaban sumidos los tripulantes había dado paso a un sentimiento general de malestar causado por las palabras del capitán del navío mercante, si bien el resto del día trascurrió con total normalidad.
Pero cuando llego el nuevo día unos densos nubarrones cubrían por completo el cielo, creando un ambiente opresivo y tenebroso que no contribuía en absoluto a aliviar el desasosiego reinante a bordo del barco. Nada destacable sucedió en el 8º día de travesía a bordo del Fénix de los Mares.
Por la mañana del día siguiente, el 9º, los compañeros arribaron al puerto de Hylo. Las nubes seguían cubriendo totalmente el cielo y además, una espesa niebla había hecho acto de presencia limitando de manera notable la visión. Fue necesaria la participación de Txon, más animado ante la perspectiva de encontrarse con más kenders lo que significaba además que podría arreglar su querida vara, para guiarse entre la espesa neblina y poder atracar sin problemas en el puerto del asentamiento kender de Hylo.
Txon y, sobre todo, Mathus, quien regresaba a su hogar, saltaron del barco casi antes de que la pasarela estuviera desplegada. El resto del grupo no tenía tantas ganas de desembarcar pues desde la cubierta del barco podían ver como una nube de kenders saludaba a cada nuevo visitante, rodeándole y atosigándole con sus preguntas y manoseos, aunque finalmente todos, con la única excepción de Sir Sánchez (Zifnab se había recuperado casi por completo) se decidieron a desembarcar. Tanis puso a buen recaudo a los piratas cautivos, si bien pidió expresamente que fueran trasladados a otra ciudad, ya fuera en la misma isla de Ergoth del Norte o, vía marítima, a cualquier lugar del continente.
John Bladearm bajó tras los kenders aunque esta vez, quizás temeroso de lo que le ocurrió en Caergoth, no quiso acompañarlos, así que se perdió entre las arruinadas calles de Hylo y entre los enjambres de kenders que le seguían.
En cuanto a ------, pensó que era una gran oportunidad para mejorar su repertorio de conjuros así que preguntó en el puerto si algún mago o hechicero había desembarcado recientemente. El encargado le respondió afirmativamente y también le indicó amablemente el nombre de la posada del puerto, lugar donde creía podía estar alojado el mago. Sin nada más que hacer, el resto del grupo compuesto por Zifnab, Kaldor y Gän se encaminaron con ------- a la taberna que les había citado el encargado del puerto.
El lugar era un garito bastante bien acondicionado y su dueño, un tal Goodham, una persona agradable, que además parecía tratar muy bien con los kenders y, de hecho, muchos de ellos se encontraban en la vieja taberna. El mago del que le habían hablado a ------- se encontraba también allí, sentado en una mesa acompañado por tres camaradas, dos de ellos humanos y el otro enano. Vestía la túnica roja y sus camaradas estaban fuertemente armados por lo que los compañeros dedujeron que debía tratarse como ellos de otro grupo de aventureros. ------ y los demás fueron hasta su mesa y pidieron permiso para sentarse, petición que fue aceptada de buen grado y de esta forma pasaron todos a compartir mesa y a charlar animosamente. Los magos conversaban de manera amigable aunque de manera sutil se estudiaban mutuamente, aunque al final, dado el ambiente de camaradería imperante, ------- y Zifnab se atrevieron a hacer su proposición pues era claro que aquel hechicero los aventajaba en conocimientos. Shemnas, que así se llamaba el mago túnica roja, accedió a mostrarle algunos de sus conjuros menores pero a cambio de sonante, algo de lo que ambos magos carecían por completo. Kaldor, maliciosamente, sugirió que tal vez Tanis se dignara a fiarles algo de dinero y dicho y hecho, pidieron a Shemnas que aguardara, fueron hasta el puerto, subieron a bordo del Fénix de los Mares y cuando hubieron localizado al semielfo le expusieron su petición. Éste, aunque bastante reacio al principio, accedió a regañadientes ante las insistencias de los compañeros, quienes alegaban, no sin sorna, que todo era por el bien de la misión. Con el dinero a buen recaudo, a salvo de las rápidas manos kenders, regresaron a la posada y a Shemnas, quien esperaba como pidieron con su libro de hechizos preparado. Cuando hubo recibido la paga, permitió a los magos echar un vistazo al libro, del que había retirado los conjuros protectores y, finalmente, los hechiceros dieron con uno que se encontraba dentro de sus posibilidades. A fin de estar más tranquilos, Shemnas y uno de sus acompañantes pasaron con Zifnab, ------- y Kaldor a un reservado de los que disponía la posada, (Gän se quedó en la sala principal, pues charlaba nostálgico con el otro enano) y allí estuvieron el resto de la tarde dedicados a la compleja tarea de transcribir las runas y símbolos que eran necesarios para plasmar la energía del conjuro en un trozo de pergamino.
Mientras tanto los kenders se lo pasaban en grande. Cuando hubieron vaciado sus saquillos unas seis veces e intercambiado todo tipo de objetos e historias con los otros kenders residentes en Hylo, Mathus sugirió a Txon el nombre de un amigo suyo que recogía maderas de buena calidad, perfectas para fabricar varas y bastones y por supuesto, idóneas para que Txon pudiera arreglar su hoopak, de modo que se encaminaron hacia su casa. Resultó que residía muy adentro de la derruida ciudad, en contacto con los bosque que la rodeaban y tardaron un tiempo en cruzar los despojos de lo que antes del cataclismo había sido la ciudad de Hylo. Pero la espera tuvo su recompensa pues cuando llegaron a casa del carpintero, tras los saludos correspondientes al reencuentro y tras explicarle Mathus la situación, el ebanista les mostró una colección extraordinaria, compuesta por maderas de un millar de tipos y características y además aconsejó a Txon en la elección. Todo el día y parte de la tarde empleó el kender en la fabricación de su vara y aunque tuvo que desechar alguno de sus trabajos, al final logró crear una hoopak perfecta como pocas se han visto. Para acabar, le colocaron una punta de acero en el extremo opuesto a donde habían instalado la honda y la vara quedó completa.
Orgulloso de su trabajo, Txon quiso volver al puerto para mostrar a sus amigos el resultado de sus esfuerzos. No obstante, la casa del carpintero se encontraba a cierta distancia del mar, y el kender tuvo una desagradable sorpresa en su camino. En efecto, cuando atravesaba una plaza en ruinas situada cerca de lo que había sido la muralla, una voz como un siseo lo dejó paralizado. Invocaba su nombre y cuando Txon se volvió se encontró con una figura de tamaño y constitución humanoide. Vestía una harapienta y sucia túnica negra con la capucha echada sobre la cabeza de forma que ocultaba su rostro y emanaba de él un olor nauseabundo. La figura avanzó hacia él y le exigía, con su voz sibilante, que le devolviera algo que le pertenecía.
Que le devolviera el Cetro.
Txon gritó por si alguien le oía, se negó en redondo y se dispuso a correr, mas la oscura figura volvió a hablar, esta vez con palabras ininteligibles, a la vez que hacía una serie de gestos con las manos. De repente, Txon se encontró clavado al suelo, sin poder hacer un solo movimiento, paralizado totalmente aunque consciente de lo que sucedía a su alrededor y, aunque era una experiencia totalmente diferente, no tardo en encontrarla harto desagradable. Con calma e ignorando a Mathus, el encapuchado se acercó al indefenso Txon, metió una mano huesuda y cubierta de vendas por entre los ropajes del kender y con mucha flema extrajo el Cetro que guardaba tan celosamente. Txon estaba desolado y frustrado, quería gritar, golpear y arañar a aquel ladrón que le despojaba de aquello que había guardado con más cuidado, con un cuidado inusitado en alguien de su raza, incluso nunca se lo había enseñado a ningún otro kender (con excepción de Mathus). En su fuero interno suplicó a Mathus que hiciera algo, que se moviera y recuperara el objeto robado pero sabía que era inútil, que su amigo no podía oírle. No obstante, como si en verdad lo estuviera escuchando, Mathus dio un saltó, se plantó delante de la figura encapuchada mientras ésta guardaba el Cetro y con un ágil movimiento se lo arrebató de sus propias manos antes de que el otro pudiera reaccionar, echando a correr enseguida como alma que lleva el diablo. Txon no cabía en sí de alegría. Ahora quería burlarse e insultar al desagradable individuo pero, horrorizado, solo pudo contemplar como el encapuchado se erguía, poniéndose de pie y extendía el dedo índice apuntando con él a Mathus. Después, susurró con su escalofriante voz una sola palabra: “vuelve” y Txon escuchó como los rápidos pasos de su amigo detenían su carrera. El pobre Mathus no sabía que ocurría. Sus piernas dejaron de obedecerle y dejaron de moverse a la velocidad necesaria para correr. Y no solo eso, sino que encima dieron la vuelta obligando al resto de su cuerpo a ir detrás, y para colmo, comenzaron a andar en dirección a aquel de quien quería huir. El individuo ataviado con la túnica negra avanzó a su vez hacia el kender y levantando una maza negra, lo golpeó salvajemente en la cabeza, dejándolo aturdido y arrojándolo al suelo. Después, recuperó la vara de manos de Mathus y se alejó por donde los dos hombrecillos habían venido unos pocos minutos antes, en dirección al bosque.
Pasó algún tiempo antes de que Txon pudiera volver a realizar movimiento alguno. En cuanto pudo hacerlo corrió a ayudar a su compañero, todavía aturdido por el tremendo mazazo y le puso una venda alrededor de la cabeza. Después dudó entre perseguir al vil ladrón o ir a avisar a sus amigos. Recordando la desagradable parálisis sufrida, se decidió por la segunda opción, así que corrió de vuelta al puerto y localizando el Fénix de los Mares subió por la pasarela ignorando a los guardias. Corrió raudo hacia el camarote de Tanis y entró, encontrando al perplejo semielfo inclinado sobre unos mapas. Txon miró los mapas con sumo interés pero después recordó el objeto de su carrera y contó al ya impaciente semielfo todo lo que había ocurrido. Sin perder un instante, Tanis hizo llamar a Sir Sánchez, que todavía se encontraba a bordo, en la enfermería, y acompañado por éste y los kenders se dirigieron hacia la taberna del puerto, donde sospechó, de forma acertada, que encontraría al resto del grupo. Con educadas palabras de disculpa hacia el grupo de Shemnas, pidió a los amigos que le siguiesen fuera y por el tono de urgencia con que lo dijo, fue obedecido sin chistar Una vez lejos de ojos y oídos curiosos, contó brevemente lo que había sucedido con los kenders y con el Cetro de la Muerte Ardiente y pidió a Txon que los guiara hacia el lugar de los hechos. Así lo hizo el kender y una vez allí, Tanis consiguió rastrear someramente las huellas dejadas por el oscuro personaje, conduciendo al resto del grupo hacia la espesura. Más adelante los compañeros pudieron ver que nuevas huellas se unían a las que venían siguiendo, hasta un total de tres pares de huellas aparte de las del encapuchado. Los compañeros se miraron nerviosos y para colmo, a distancia de un kilómetro más o menos, Tanis comenzó a tener dificultades para continuar siguiendo las huellas y finalmente extravió por completo el rastro. Nervioso e irritado también el semielfo, dijo secamente a los compañeros que se separasen para buscar y sin esperar respuesta de ningún tipo partió él solo por uno de los senderos que tenían delante. El grupo se quedó sin saber que hacer, parados en mitad de un claro abierto en mitad de la espesura del bosque de Hylo.
No obstante Gän, el enano, que había estado siguiendo con Tanis las pisadas que el misterioso grupo había dejado, se afanó en volver a recuperar la dirección adecuada internándose por otro sendero distinto del que había tomado el semielfo. El resto del grupo aguardó en el claro, pues ninguno de ellos quería perderse entre la maleza y al cabo de un rato el enano hizo de nuevo su aparición por donde se había ido, dando a todos la buena noticia de que de nuevo estaban sobre la pista. Resolvieron no perder más tiempo y no avisar a Tanis y, guiados por un eficaz Gän, continuaron su persecución. El guardabosques enano parecía saber muy bien lo que hacía pues no pasó mucho tiempo hasta que el kender indicó a todos con un silencioso gesto que detuvieran su marcha pues su agudo oído había captado el sonido de voces más adelante. El grupo se puso en tensión aunque ninguno podía oir nada pero confiaban lo suficiente en los sentidos de Txon, los cuales les habían advertido de más de un peligro en el transcurrir de la larga aventura que llevaban viviendo juntos. Así que, a esa prudencial distancia el grupo desenvainó sigilosamente sus armas, preparándose para un nuevo combate. El kender regresó de entre la espesura y asintió con la cabeza para indicar que, en efecto, las voces que había oído correspondían a quienes estaban buscando y después levantó cuatro dedos para indicar el número de enemigos. Tras esto, Kaldor se adelantó y señalando los kenders y al enano les indicó con el índice que fueran por la derecha, dando un rodeo como hizo saber trazando un semicírculo con ese mismo dedo. A continuación señalo a los dos magos y les dio las mismas órdenes que a Txon, Mathus y Gän, solo que los envió por la izquierda. Luego se señaló a si mismo y a Sir Sánchez e hizo un inequívoco gesto de que ellos irían primero y además de frente. Luego pidió que fueran lo más sigilosos que pudieran llevándose un dedo a los labios y se pusieron todos en marcha. Los dos magos se perdieron en la espesura hacia la izquierda y los kenders y Gän hicieron otro tanto por la derecha. Tras aguardar un momento para dar tiempo a sus compañeros a que tomaran sus posiciones y elevar una plegaria a Paladine, Kaldor abrió los ojos, miró a Sir Sánchez que asintió con la cabeza y ambos Caballeros de Solamnia iniciaron la marcha.
Cuando pudieron oír las voces de sus adversarios los dos caballeros lanzaron su grito de batalla y cargaron hacia delante blandiendo Kaldor su espada larga y su escudo y Sánchez su espada bastarda que enarbolaba con ambas manos. Pudieron ver como los cuatro hombres que había en el claro giraban la cabeza hacia su posición. Enseguida ambos caballeros identificaron al que había asaltado al kender pues solo vestía una raída túnica negra y no portaba arma alguna a la vista, a diferencia de los otros tres que vestían cotas de mallas, también negras, y llevaban espadas al cinto, a las que echaron mano nada más llegar a sus oídos los gritos de batalla proferidos por Kaldor y Sir Sánchez. Bien organizados, dos de los hombres cerraron el paso a los Caballeros de Solamnia y el otro se situó cerca del encapuchado, que sin perder un segundo, levantó ambos brazos cubiertos con pútridos vendajes y comenzó a conjurar como había hecho contra Txon y Mathus. Su protector empuñaba su arma a su lado con aire confiado, mirando la batalla de sus dos compañeros contra los despreciables Caballeros de Solamnia, cuando de repente oyó otro cántico, ininteligible también pero que provenía de su derecha, de algún lugar entre la espesura. Cuando acabó la salmodia, dos dardos de luz pasaron por delante de su cara y se clavaron implacables en el cuerpo de aquél a quien debía proteger. No obstante este solo forzó un momento la voz y continuó su cántico totalmente ajeno a cuanto ocurría a su alrededor. Confuso, el guerrero dirigió unos pasos cautelosos hacia la maleza por donde habían surgido los proyectiles pero enseguida volvió a su posición pues un siseo furioso le hizo volver la cabeza a tiempo para ver como el clérigo, todavía murmurando su hechizo se convulsionaba en violentas sacudidas. La causa de tal actitud no era otra que Txon, que silencioso como la muerte y aprovechando los pasos dubitativos del hombre de la cota de mallas negra, se había puesto a la espalda del clérigo y largándole una puñalada en sentido vertical ascendente, le había clavado su daga en el costado derecho rasgando túnica y carne. En ese mismo momento, el siniestro personaje terminó su hechizo que debería haber dejado a los dos Caballeros de Solamnia totalmente paralizados y a merced de sus enemigos, aunque debido al terrible dolor sufrido a causa del apuñalamiento del kender su concentración falló y sólo Sir Sánchez sufrió los efectos del conjuro quedando, eso si, imposibilitado para realizar movimiento alguno. Kaldor cerró filas en torno a su camarada, tratando de que no pudieran alcanzar a su incapacitado compañero, aunque en seguida le llegó ayuda desde la espesura, pues tras otra breve retahíla de incomprensibles palabras, el adversario que anteriormente encaraba a Sir Sánchez cayó dormido presa de un mágico sueño. El clérigo consiguió sacudirse de encima a Txon y de entre los pliegues de su túnica sacó una maza negra como la obsidiana y resoplando con rabia se encaró con el kender . También el guerrero que escoltaba al encapuchado se dispuso a atacar al hombrecillo, pero en esas estaba cuando, Gän, saliendo por fin de entre la vegetación y portando una espada corta en la diestra y una daga en la siniestra se le echó encima profiriendo un rugido feroz, trabándose ambos en singular combate.
Kaldor superaba ampliamente en destreza a su contrincante y tras dos estocadas que paró sin mucha dificultad, avanzó medio paso y le dio un tajo encima del hombro derecho. Después se retiró unos pasos atrás y cortésmente ofreció a su enemigo una rendición honorable pero éste, fanáticamente, reanudó la ofensiva, si bien la rabia disminuía su destreza y la herida en el hombro hacia lo propio con su resistencia. Tras ignorar un par de estocadas parándolas con el escudo Kaldor resolvió poner fin a la lucha y avanzando en diagonal, hacia delante y a la izquierda, soltó un mandoble transversal que alcanzó al oponente en mitad del abdomen. Kaldor, entre resignado y apesadumbrado miró a su adversario y éste, al percatarse, le escupió sangre a la cara. Con un suspiro, Kaldor giró la muñeca hacia arriba y hundió más su arma en el cuerpo del guerrero, que ya había muerto antes de tocar el suelo.
La batalla de Gän y su par se desarrollaba por cauces más parejos. El enano atacaba con muy buena maña, llevando en todo momento la iniciativa tirando puntazos con la daga y soltando estocadas y golpes de filo con la espada corta y había alcanzado al otro en un par de ocasiones aunque no parecía nada serio. Por su parte, el oscuro guerrero manejaba un espada corta y eludía bastante bien la sorprendente esgrima del enano contraatacando solo cuando la ocasión lo permitía. En una de estas ocasiones, Gän
abrió un hueco en su defensa que su adversario leyó adecuadamente y alcanzó el enano en un muslo con la punta de su espada corta, haciéndole soltar una maldición. Parecía que la batalla pintaba mal para el guardabosques, pero con una sonrisa feroz reanudó el combate tratando de nuevo de apabullar a su oponente. Éste, que parecía curtido en más de una batalla, dejo hacer al enano, confiando pacientemente que la herida y el agotamiento le darían finalmente la oportunidad que buscaba para poder acabar con el enfrentamiento de manera definitiva. Gän alcanzó en otra ocasión al guerrero con su daga, pinchándole en un costado pero sus ataques perdían vigor con el paso del tiempo. Finalmente, otro hueco apareció en su defensa y el guerrero vio su oportunidad y se tiró a fondo. Pero no hay que olvidar que Gän es un enano y los miembros de esta raza no se fatigan con tanta facilidad. Había previsto este comportamiento por parte del guerrero tras la herida recibida y le tendió una trampa en la que su adversario cayó de cabeza, de modo que en el último momento hurtó el cuerpo hacia un lado, esquivando la mortal estocada de su rival y se aprovechó el impulso que el otro llevaba para pasarlo de parte a parte con la espada corta, oportunamente colocada para este fin.
Por su parte, Txon no se dejó amedrentar (por todos es conocido que los kenders ignoran por completo el significado de la palabra miedo) e hizo frente al enfurecido clérigo que se dedicó a soltarle mazazos con objeto de acabar cuanto antes con el molesto kender, sin darle oportunidad de atacar siquiera. El encapuchado, sonriendo enloquecido ante la perspectiva de matar al kender avanzó con la maza en alto y la descargó con todas sus fuerzas. A duras penas esquivó Txon el violento golpe y se disponía a encarar de nuevo a su par cuando una piedra lanzada desde la espesura golpeó con fuerza al clérigo en un lado de la cabeza. Txon, sin darle tiempo a rehacerse se puso delante y le clavó la daga hasta la empuñadura, manteniéndola unos segundos y retirándola bruscamente después. El siniestro personaje cayó, sin vida, hacia delante.
Nada más tocar el suelo, el kender buscó sobre la ropa del encapuchado tratando de localizar el Cetro bajo ella y cuando al fin lo halló, se envolvió las manos en sendos pañuelos, pues quería evitar a toda costa tocar las llagas sangrantes y las supurantes pústulas que cubrían casi por completo el cuerpo muerto, y las introdujo en la oscura túnica retirando el Cetro con presteza. Tras limpiarlo con los mismos pañuelos, los cuales fueron desechados tras la limpieza, se guardó el objeto bajo sus propias ropas y mirando a su alrededor pudo contemplar cómo cerca suya el diestro enano acababa con el último de sus enemigos.
Kaldor no perdió el tiempo. Tras atar con cuidado al guerrero dormido a sus pies, trató de reanimar a su camarada, sin éxito. Así que lo tumbó sobre el suelo, en una posición más o menos cómoda y se encaminó hacia donde el kender había abatido al clérigo oscuro. Tras palparle las ropas y verificar que ya no tenía el Cetro se volvió hacia el kender y le pidió que se lo entregase, aduciendo que de esa forma tanto el kender como el Cetro estarían más seguros. Txon se negó en un principio e insistió en conservar él mismo el objeto pero las vehementes palabras del Caballero de Solamnia convencieron finalmente al kender, que a regañadientes lo entregó tras sacarlo de debajo de sus ropas. Una vez la atención del grupo, que contemplaban la escena con una mezcla de preocupación y expectación, se hubo desviado hacia el último guerrero que aún vivía, Txon sintió algo extraño.
Aunque extenuado tras su arduo combate, Sir Sánchez se dedicó tras la batalla a recorrer la cubierta tratando de ayudar a heridos y moribundos. Se organizó un pequeño grupo destinado a tal fin, encabezado por un marinero que había sido cirujano barbero antes de embarcarse y de esta forma, Sir Sánchez pasó las siguientes horas aplicando sus conocimientos sobre curación a los algo más de la docena de heridos que todavía permanecían sobre la cubierta. Pasado un tiempo otro marinero cifró en la decena a los compañeros que habían caído al mar a causa del impacto de los cañonazos en la cubierta del Fénix de los Mares, si bien rescataron con vida a dos de ellos y a uno de los piratas que había resbalado en la cuerda con la grasa de Zifnab. El resto del grupo se retiró a descansar y el mago verde fue enviado al camarote que hacía las veces de enfermería. Aquella noche no hubo fiesta a bordo del Fénix de los Mares.
El día siguiente amaneció claro y soleado, como si nada hubiera ocurrido, y así se mantuvo toda la mañana. La enfermería proseguía su febril actividad y hacia allí se dirigió Sir Sánchez, tras sus rezos matutinos, dispuesto una vez más a echar una mano en lo que pudiera. Aplicó sus conocimientos y su fe sobre los heridos que todavía lo necesitaban y pasó allí el resto del día. Zifnab, por su parte, se encontraba estable y por lo visto solo necesitaba reposo para recuperarse completamente. Charlaba animosamente con Sir Sánchez, pidiéndole al caballero que le relatara la parte de la batalla que se había perdido y se congratuló especialmente cuando éste le contó como John había acabado con su agresor.
Lo de Txon era otra historia. Su perenne carácter alegre había desaparecido, trocándose en una apatía que encogía el alma, y ni siquiera quiso subirse a la cofa. Mathus estaba desesperado y hasta John, que agradecía sobremanera el cambio experimentado por el kender, se sorprendió así mismo tratando de animar al afligido hombrecillo.
A media mañana, justo antes de la hora de comer, Tanis hizo acto de presencia en cubierta y Kaldor sugirió al semielfo que interrogaran a los piratas que habían hecho prisioneros. Aunque poco convencido, Tanis accedió a las peticiones del Caballero de Solamnia y juntos se dirigieron a las bodegas donde mantenían cautivos a los corsarios. Dos marineros custodiaban la entrada y cuando entraron, encontraron a los prisioneros atados por las muñecas descansando apoyados en la pared. Tras unas cuantas preguntas, de las que Kaldor no obtuvo ningún tipo de información valiosa, se les informó a los prisioneros que iban a ser puestos a disposición de la justicia tan pronto arribaran a Ergoth del Norte, noticia que fue aceptada con resignación e indiferencia por parte de los piratas. Sin más que añadir por ninguna de las dos partes, Kaldor y Tanis salieron de nuevo de la improvisada celda.
Después de la comida y viendo la situación calma de la mar, la tripulación se permitió un placentero descanso después de las tensiones vividas en las últimas horas. Un espeso letargo parecía haberse extendido sobre la nave, cubriéndola como una mullida manta. No obstante, el vigía sacó a todos del merecido descanso con un nuevo grito de “¡barco a la vista!”, tras el que todo el mundo a bordo sintió de nuevo la amenaza sobre sus cabezas. Jango salió del camarote del capitán como alma que lleva el diablo, catalejo en mano y gritándole al vigía que le indicara la posición. Cuando el contramaestre dirigió su vista hacia donde le decía al vigilante, dio un suspiro de alivio y comentó a los que le rodeaban que solo se trataba de un barco mercante que venía del norte. Dio órdenes al timonel para que se pusiese a su altura con el fin de poder parlamentar con su capitán, un viejo conocido suyo de cuando solo eran unos grumetes, según explicó. En efecto, la otra nave también maniobró de forma que ambas embarcaciones navegaban ahora paralelamente, de una forma parecida a como se había producido el abordaje por parte de los piratas. El capitán del otro barco se apoyaba en la barandilla de estribor, mientras que Jango saludaba desde babor en el Fénix de los Mares. Tras los saludos pertinentes y tras informar Jango de hacia donde pensaban dirigirse, el capitán del otro navío mostró su preocupación: según había oído, extraños sucesos acaecían en Ergoth y en el norte en general. Se oía hablar de una nueva guerra, de que los ejércitos del Dragón se hacían fuertes otra vez y de otras supercherías. Por todo esto, había aceptado un trabajo que le llevaría al sur por un tiempo, alejándolos a él y a su tripulación de eventuales peligros, y recomendó a Jango que hiciera lo mismo. Dándole las gracias por su preocupación, ambos se despidieron cordialmente y las naves tomaron direcciones opuestas. El sopor en que se hallaban sumidos los tripulantes había dado paso a un sentimiento general de malestar causado por las palabras del capitán del navío mercante, si bien el resto del día trascurrió con total normalidad.
Pero cuando llego el nuevo día unos densos nubarrones cubrían por completo el cielo, creando un ambiente opresivo y tenebroso que no contribuía en absoluto a aliviar el desasosiego reinante a bordo del barco. Nada destacable sucedió en el 8º día de travesía a bordo del Fénix de los Mares.
Por la mañana del día siguiente, el 9º, los compañeros arribaron al puerto de Hylo. Las nubes seguían cubriendo totalmente el cielo y además, una espesa niebla había hecho acto de presencia limitando de manera notable la visión. Fue necesaria la participación de Txon, más animado ante la perspectiva de encontrarse con más kenders lo que significaba además que podría arreglar su querida vara, para guiarse entre la espesa neblina y poder atracar sin problemas en el puerto del asentamiento kender de Hylo.
Txon y, sobre todo, Mathus, quien regresaba a su hogar, saltaron del barco casi antes de que la pasarela estuviera desplegada. El resto del grupo no tenía tantas ganas de desembarcar pues desde la cubierta del barco podían ver como una nube de kenders saludaba a cada nuevo visitante, rodeándole y atosigándole con sus preguntas y manoseos, aunque finalmente todos, con la única excepción de Sir Sánchez (Zifnab se había recuperado casi por completo) se decidieron a desembarcar. Tanis puso a buen recaudo a los piratas cautivos, si bien pidió expresamente que fueran trasladados a otra ciudad, ya fuera en la misma isla de Ergoth del Norte o, vía marítima, a cualquier lugar del continente.
John Bladearm bajó tras los kenders aunque esta vez, quizás temeroso de lo que le ocurrió en Caergoth, no quiso acompañarlos, así que se perdió entre las arruinadas calles de Hylo y entre los enjambres de kenders que le seguían.
En cuanto a ------, pensó que era una gran oportunidad para mejorar su repertorio de conjuros así que preguntó en el puerto si algún mago o hechicero había desembarcado recientemente. El encargado le respondió afirmativamente y también le indicó amablemente el nombre de la posada del puerto, lugar donde creía podía estar alojado el mago. Sin nada más que hacer, el resto del grupo compuesto por Zifnab, Kaldor y Gän se encaminaron con ------- a la taberna que les había citado el encargado del puerto.
El lugar era un garito bastante bien acondicionado y su dueño, un tal Goodham, una persona agradable, que además parecía tratar muy bien con los kenders y, de hecho, muchos de ellos se encontraban en la vieja taberna. El mago del que le habían hablado a ------- se encontraba también allí, sentado en una mesa acompañado por tres camaradas, dos de ellos humanos y el otro enano. Vestía la túnica roja y sus camaradas estaban fuertemente armados por lo que los compañeros dedujeron que debía tratarse como ellos de otro grupo de aventureros. ------ y los demás fueron hasta su mesa y pidieron permiso para sentarse, petición que fue aceptada de buen grado y de esta forma pasaron todos a compartir mesa y a charlar animosamente. Los magos conversaban de manera amigable aunque de manera sutil se estudiaban mutuamente, aunque al final, dado el ambiente de camaradería imperante, ------- y Zifnab se atrevieron a hacer su proposición pues era claro que aquel hechicero los aventajaba en conocimientos. Shemnas, que así se llamaba el mago túnica roja, accedió a mostrarle algunos de sus conjuros menores pero a cambio de sonante, algo de lo que ambos magos carecían por completo. Kaldor, maliciosamente, sugirió que tal vez Tanis se dignara a fiarles algo de dinero y dicho y hecho, pidieron a Shemnas que aguardara, fueron hasta el puerto, subieron a bordo del Fénix de los Mares y cuando hubieron localizado al semielfo le expusieron su petición. Éste, aunque bastante reacio al principio, accedió a regañadientes ante las insistencias de los compañeros, quienes alegaban, no sin sorna, que todo era por el bien de la misión. Con el dinero a buen recaudo, a salvo de las rápidas manos kenders, regresaron a la posada y a Shemnas, quien esperaba como pidieron con su libro de hechizos preparado. Cuando hubo recibido la paga, permitió a los magos echar un vistazo al libro, del que había retirado los conjuros protectores y, finalmente, los hechiceros dieron con uno que se encontraba dentro de sus posibilidades. A fin de estar más tranquilos, Shemnas y uno de sus acompañantes pasaron con Zifnab, ------- y Kaldor a un reservado de los que disponía la posada, (Gän se quedó en la sala principal, pues charlaba nostálgico con el otro enano) y allí estuvieron el resto de la tarde dedicados a la compleja tarea de transcribir las runas y símbolos que eran necesarios para plasmar la energía del conjuro en un trozo de pergamino.
Mientras tanto los kenders se lo pasaban en grande. Cuando hubieron vaciado sus saquillos unas seis veces e intercambiado todo tipo de objetos e historias con los otros kenders residentes en Hylo, Mathus sugirió a Txon el nombre de un amigo suyo que recogía maderas de buena calidad, perfectas para fabricar varas y bastones y por supuesto, idóneas para que Txon pudiera arreglar su hoopak, de modo que se encaminaron hacia su casa. Resultó que residía muy adentro de la derruida ciudad, en contacto con los bosque que la rodeaban y tardaron un tiempo en cruzar los despojos de lo que antes del cataclismo había sido la ciudad de Hylo. Pero la espera tuvo su recompensa pues cuando llegaron a casa del carpintero, tras los saludos correspondientes al reencuentro y tras explicarle Mathus la situación, el ebanista les mostró una colección extraordinaria, compuesta por maderas de un millar de tipos y características y además aconsejó a Txon en la elección. Todo el día y parte de la tarde empleó el kender en la fabricación de su vara y aunque tuvo que desechar alguno de sus trabajos, al final logró crear una hoopak perfecta como pocas se han visto. Para acabar, le colocaron una punta de acero en el extremo opuesto a donde habían instalado la honda y la vara quedó completa.
Orgulloso de su trabajo, Txon quiso volver al puerto para mostrar a sus amigos el resultado de sus esfuerzos. No obstante, la casa del carpintero se encontraba a cierta distancia del mar, y el kender tuvo una desagradable sorpresa en su camino. En efecto, cuando atravesaba una plaza en ruinas situada cerca de lo que había sido la muralla, una voz como un siseo lo dejó paralizado. Invocaba su nombre y cuando Txon se volvió se encontró con una figura de tamaño y constitución humanoide. Vestía una harapienta y sucia túnica negra con la capucha echada sobre la cabeza de forma que ocultaba su rostro y emanaba de él un olor nauseabundo. La figura avanzó hacia él y le exigía, con su voz sibilante, que le devolviera algo que le pertenecía.
Que le devolviera el Cetro.
Txon gritó por si alguien le oía, se negó en redondo y se dispuso a correr, mas la oscura figura volvió a hablar, esta vez con palabras ininteligibles, a la vez que hacía una serie de gestos con las manos. De repente, Txon se encontró clavado al suelo, sin poder hacer un solo movimiento, paralizado totalmente aunque consciente de lo que sucedía a su alrededor y, aunque era una experiencia totalmente diferente, no tardo en encontrarla harto desagradable. Con calma e ignorando a Mathus, el encapuchado se acercó al indefenso Txon, metió una mano huesuda y cubierta de vendas por entre los ropajes del kender y con mucha flema extrajo el Cetro que guardaba tan celosamente. Txon estaba desolado y frustrado, quería gritar, golpear y arañar a aquel ladrón que le despojaba de aquello que había guardado con más cuidado, con un cuidado inusitado en alguien de su raza, incluso nunca se lo había enseñado a ningún otro kender (con excepción de Mathus). En su fuero interno suplicó a Mathus que hiciera algo, que se moviera y recuperara el objeto robado pero sabía que era inútil, que su amigo no podía oírle. No obstante, como si en verdad lo estuviera escuchando, Mathus dio un saltó, se plantó delante de la figura encapuchada mientras ésta guardaba el Cetro y con un ágil movimiento se lo arrebató de sus propias manos antes de que el otro pudiera reaccionar, echando a correr enseguida como alma que lleva el diablo. Txon no cabía en sí de alegría. Ahora quería burlarse e insultar al desagradable individuo pero, horrorizado, solo pudo contemplar como el encapuchado se erguía, poniéndose de pie y extendía el dedo índice apuntando con él a Mathus. Después, susurró con su escalofriante voz una sola palabra: “vuelve” y Txon escuchó como los rápidos pasos de su amigo detenían su carrera. El pobre Mathus no sabía que ocurría. Sus piernas dejaron de obedecerle y dejaron de moverse a la velocidad necesaria para correr. Y no solo eso, sino que encima dieron la vuelta obligando al resto de su cuerpo a ir detrás, y para colmo, comenzaron a andar en dirección a aquel de quien quería huir. El individuo ataviado con la túnica negra avanzó a su vez hacia el kender y levantando una maza negra, lo golpeó salvajemente en la cabeza, dejándolo aturdido y arrojándolo al suelo. Después, recuperó la vara de manos de Mathus y se alejó por donde los dos hombrecillos habían venido unos pocos minutos antes, en dirección al bosque.
Pasó algún tiempo antes de que Txon pudiera volver a realizar movimiento alguno. En cuanto pudo hacerlo corrió a ayudar a su compañero, todavía aturdido por el tremendo mazazo y le puso una venda alrededor de la cabeza. Después dudó entre perseguir al vil ladrón o ir a avisar a sus amigos. Recordando la desagradable parálisis sufrida, se decidió por la segunda opción, así que corrió de vuelta al puerto y localizando el Fénix de los Mares subió por la pasarela ignorando a los guardias. Corrió raudo hacia el camarote de Tanis y entró, encontrando al perplejo semielfo inclinado sobre unos mapas. Txon miró los mapas con sumo interés pero después recordó el objeto de su carrera y contó al ya impaciente semielfo todo lo que había ocurrido. Sin perder un instante, Tanis hizo llamar a Sir Sánchez, que todavía se encontraba a bordo, en la enfermería, y acompañado por éste y los kenders se dirigieron hacia la taberna del puerto, donde sospechó, de forma acertada, que encontraría al resto del grupo. Con educadas palabras de disculpa hacia el grupo de Shemnas, pidió a los amigos que le siguiesen fuera y por el tono de urgencia con que lo dijo, fue obedecido sin chistar Una vez lejos de ojos y oídos curiosos, contó brevemente lo que había sucedido con los kenders y con el Cetro de la Muerte Ardiente y pidió a Txon que los guiara hacia el lugar de los hechos. Así lo hizo el kender y una vez allí, Tanis consiguió rastrear someramente las huellas dejadas por el oscuro personaje, conduciendo al resto del grupo hacia la espesura. Más adelante los compañeros pudieron ver que nuevas huellas se unían a las que venían siguiendo, hasta un total de tres pares de huellas aparte de las del encapuchado. Los compañeros se miraron nerviosos y para colmo, a distancia de un kilómetro más o menos, Tanis comenzó a tener dificultades para continuar siguiendo las huellas y finalmente extravió por completo el rastro. Nervioso e irritado también el semielfo, dijo secamente a los compañeros que se separasen para buscar y sin esperar respuesta de ningún tipo partió él solo por uno de los senderos que tenían delante. El grupo se quedó sin saber que hacer, parados en mitad de un claro abierto en mitad de la espesura del bosque de Hylo.
No obstante Gän, el enano, que había estado siguiendo con Tanis las pisadas que el misterioso grupo había dejado, se afanó en volver a recuperar la dirección adecuada internándose por otro sendero distinto del que había tomado el semielfo. El resto del grupo aguardó en el claro, pues ninguno de ellos quería perderse entre la maleza y al cabo de un rato el enano hizo de nuevo su aparición por donde se había ido, dando a todos la buena noticia de que de nuevo estaban sobre la pista. Resolvieron no perder más tiempo y no avisar a Tanis y, guiados por un eficaz Gän, continuaron su persecución. El guardabosques enano parecía saber muy bien lo que hacía pues no pasó mucho tiempo hasta que el kender indicó a todos con un silencioso gesto que detuvieran su marcha pues su agudo oído había captado el sonido de voces más adelante. El grupo se puso en tensión aunque ninguno podía oir nada pero confiaban lo suficiente en los sentidos de Txon, los cuales les habían advertido de más de un peligro en el transcurrir de la larga aventura que llevaban viviendo juntos. Así que, a esa prudencial distancia el grupo desenvainó sigilosamente sus armas, preparándose para un nuevo combate. El kender regresó de entre la espesura y asintió con la cabeza para indicar que, en efecto, las voces que había oído correspondían a quienes estaban buscando y después levantó cuatro dedos para indicar el número de enemigos. Tras esto, Kaldor se adelantó y señalando los kenders y al enano les indicó con el índice que fueran por la derecha, dando un rodeo como hizo saber trazando un semicírculo con ese mismo dedo. A continuación señalo a los dos magos y les dio las mismas órdenes que a Txon, Mathus y Gän, solo que los envió por la izquierda. Luego se señaló a si mismo y a Sir Sánchez e hizo un inequívoco gesto de que ellos irían primero y además de frente. Luego pidió que fueran lo más sigilosos que pudieran llevándose un dedo a los labios y se pusieron todos en marcha. Los dos magos se perdieron en la espesura hacia la izquierda y los kenders y Gän hicieron otro tanto por la derecha. Tras aguardar un momento para dar tiempo a sus compañeros a que tomaran sus posiciones y elevar una plegaria a Paladine, Kaldor abrió los ojos, miró a Sir Sánchez que asintió con la cabeza y ambos Caballeros de Solamnia iniciaron la marcha.
Cuando pudieron oír las voces de sus adversarios los dos caballeros lanzaron su grito de batalla y cargaron hacia delante blandiendo Kaldor su espada larga y su escudo y Sánchez su espada bastarda que enarbolaba con ambas manos. Pudieron ver como los cuatro hombres que había en el claro giraban la cabeza hacia su posición. Enseguida ambos caballeros identificaron al que había asaltado al kender pues solo vestía una raída túnica negra y no portaba arma alguna a la vista, a diferencia de los otros tres que vestían cotas de mallas, también negras, y llevaban espadas al cinto, a las que echaron mano nada más llegar a sus oídos los gritos de batalla proferidos por Kaldor y Sir Sánchez. Bien organizados, dos de los hombres cerraron el paso a los Caballeros de Solamnia y el otro se situó cerca del encapuchado, que sin perder un segundo, levantó ambos brazos cubiertos con pútridos vendajes y comenzó a conjurar como había hecho contra Txon y Mathus. Su protector empuñaba su arma a su lado con aire confiado, mirando la batalla de sus dos compañeros contra los despreciables Caballeros de Solamnia, cuando de repente oyó otro cántico, ininteligible también pero que provenía de su derecha, de algún lugar entre la espesura. Cuando acabó la salmodia, dos dardos de luz pasaron por delante de su cara y se clavaron implacables en el cuerpo de aquél a quien debía proteger. No obstante este solo forzó un momento la voz y continuó su cántico totalmente ajeno a cuanto ocurría a su alrededor. Confuso, el guerrero dirigió unos pasos cautelosos hacia la maleza por donde habían surgido los proyectiles pero enseguida volvió a su posición pues un siseo furioso le hizo volver la cabeza a tiempo para ver como el clérigo, todavía murmurando su hechizo se convulsionaba en violentas sacudidas. La causa de tal actitud no era otra que Txon, que silencioso como la muerte y aprovechando los pasos dubitativos del hombre de la cota de mallas negra, se había puesto a la espalda del clérigo y largándole una puñalada en sentido vertical ascendente, le había clavado su daga en el costado derecho rasgando túnica y carne. En ese mismo momento, el siniestro personaje terminó su hechizo que debería haber dejado a los dos Caballeros de Solamnia totalmente paralizados y a merced de sus enemigos, aunque debido al terrible dolor sufrido a causa del apuñalamiento del kender su concentración falló y sólo Sir Sánchez sufrió los efectos del conjuro quedando, eso si, imposibilitado para realizar movimiento alguno. Kaldor cerró filas en torno a su camarada, tratando de que no pudieran alcanzar a su incapacitado compañero, aunque en seguida le llegó ayuda desde la espesura, pues tras otra breve retahíla de incomprensibles palabras, el adversario que anteriormente encaraba a Sir Sánchez cayó dormido presa de un mágico sueño. El clérigo consiguió sacudirse de encima a Txon y de entre los pliegues de su túnica sacó una maza negra como la obsidiana y resoplando con rabia se encaró con el kender . También el guerrero que escoltaba al encapuchado se dispuso a atacar al hombrecillo, pero en esas estaba cuando, Gän, saliendo por fin de entre la vegetación y portando una espada corta en la diestra y una daga en la siniestra se le echó encima profiriendo un rugido feroz, trabándose ambos en singular combate.
Kaldor superaba ampliamente en destreza a su contrincante y tras dos estocadas que paró sin mucha dificultad, avanzó medio paso y le dio un tajo encima del hombro derecho. Después se retiró unos pasos atrás y cortésmente ofreció a su enemigo una rendición honorable pero éste, fanáticamente, reanudó la ofensiva, si bien la rabia disminuía su destreza y la herida en el hombro hacia lo propio con su resistencia. Tras ignorar un par de estocadas parándolas con el escudo Kaldor resolvió poner fin a la lucha y avanzando en diagonal, hacia delante y a la izquierda, soltó un mandoble transversal que alcanzó al oponente en mitad del abdomen. Kaldor, entre resignado y apesadumbrado miró a su adversario y éste, al percatarse, le escupió sangre a la cara. Con un suspiro, Kaldor giró la muñeca hacia arriba y hundió más su arma en el cuerpo del guerrero, que ya había muerto antes de tocar el suelo.
La batalla de Gän y su par se desarrollaba por cauces más parejos. El enano atacaba con muy buena maña, llevando en todo momento la iniciativa tirando puntazos con la daga y soltando estocadas y golpes de filo con la espada corta y había alcanzado al otro en un par de ocasiones aunque no parecía nada serio. Por su parte, el oscuro guerrero manejaba un espada corta y eludía bastante bien la sorprendente esgrima del enano contraatacando solo cuando la ocasión lo permitía. En una de estas ocasiones, Gän
abrió un hueco en su defensa que su adversario leyó adecuadamente y alcanzó el enano en un muslo con la punta de su espada corta, haciéndole soltar una maldición. Parecía que la batalla pintaba mal para el guardabosques, pero con una sonrisa feroz reanudó el combate tratando de nuevo de apabullar a su oponente. Éste, que parecía curtido en más de una batalla, dejo hacer al enano, confiando pacientemente que la herida y el agotamiento le darían finalmente la oportunidad que buscaba para poder acabar con el enfrentamiento de manera definitiva. Gän alcanzó en otra ocasión al guerrero con su daga, pinchándole en un costado pero sus ataques perdían vigor con el paso del tiempo. Finalmente, otro hueco apareció en su defensa y el guerrero vio su oportunidad y se tiró a fondo. Pero no hay que olvidar que Gän es un enano y los miembros de esta raza no se fatigan con tanta facilidad. Había previsto este comportamiento por parte del guerrero tras la herida recibida y le tendió una trampa en la que su adversario cayó de cabeza, de modo que en el último momento hurtó el cuerpo hacia un lado, esquivando la mortal estocada de su rival y se aprovechó el impulso que el otro llevaba para pasarlo de parte a parte con la espada corta, oportunamente colocada para este fin.
Por su parte, Txon no se dejó amedrentar (por todos es conocido que los kenders ignoran por completo el significado de la palabra miedo) e hizo frente al enfurecido clérigo que se dedicó a soltarle mazazos con objeto de acabar cuanto antes con el molesto kender, sin darle oportunidad de atacar siquiera. El encapuchado, sonriendo enloquecido ante la perspectiva de matar al kender avanzó con la maza en alto y la descargó con todas sus fuerzas. A duras penas esquivó Txon el violento golpe y se disponía a encarar de nuevo a su par cuando una piedra lanzada desde la espesura golpeó con fuerza al clérigo en un lado de la cabeza. Txon, sin darle tiempo a rehacerse se puso delante y le clavó la daga hasta la empuñadura, manteniéndola unos segundos y retirándola bruscamente después. El siniestro personaje cayó, sin vida, hacia delante.
Nada más tocar el suelo, el kender buscó sobre la ropa del encapuchado tratando de localizar el Cetro bajo ella y cuando al fin lo halló, se envolvió las manos en sendos pañuelos, pues quería evitar a toda costa tocar las llagas sangrantes y las supurantes pústulas que cubrían casi por completo el cuerpo muerto, y las introdujo en la oscura túnica retirando el Cetro con presteza. Tras limpiarlo con los mismos pañuelos, los cuales fueron desechados tras la limpieza, se guardó el objeto bajo sus propias ropas y mirando a su alrededor pudo contemplar cómo cerca suya el diestro enano acababa con el último de sus enemigos.
Kaldor no perdió el tiempo. Tras atar con cuidado al guerrero dormido a sus pies, trató de reanimar a su camarada, sin éxito. Así que lo tumbó sobre el suelo, en una posición más o menos cómoda y se encaminó hacia donde el kender había abatido al clérigo oscuro. Tras palparle las ropas y verificar que ya no tenía el Cetro se volvió hacia el kender y le pidió que se lo entregase, aduciendo que de esa forma tanto el kender como el Cetro estarían más seguros. Txon se negó en un principio e insistió en conservar él mismo el objeto pero las vehementes palabras del Caballero de Solamnia convencieron finalmente al kender, que a regañadientes lo entregó tras sacarlo de debajo de sus ropas. Una vez la atención del grupo, que contemplaban la escena con una mezcla de preocupación y expectación, se hubo desviado hacia el último guerrero que aún vivía, Txon sintió algo extraño.
