El Ultimo Hogar

jueves, enero 04, 2007

Aventuras en el mar y en tierra

Pasó cierto tiempo hasta que Sir Sánchez pudo recuperar la movilidad y cuando al fin pudo caminar, se pusieron en marcha de nuevo hacia la ciudad, habiendo decidido entregar también al guerrero capturado a la justicia local. Por el camino se reunieron con Tanis de nuevo, que venía de explorar el bosque sin resultado alguno como bien sabían los compañeros, así que fueron relatando al semielfo la escaramuza en el claro mientras regresaban a la ciudad con el prisionero. Lo entregaron en el mismo lugar en el que se habían despedido de los corsarios cautivos y retornaron todos a bordo del Fénix de los Mares, donde pasaron la noche sin más sobresaltos. Al día siguiente, la nave levó anclas, izó velas y partió del ya ajetreado puerto de Hylo.
Algunos de los compañeros habían sido heridos en la pelea en los bosques de Hylo así que fueron enviados a la enfermería. Sir Sánchez, aparte de la incómoda experiencia sufrida no presentaba rasguño alguno así que continuó con la tarea a la que se había dedicado prácticamente desde que embarcara en el puerto de Daltigoth y ayudó a sanar y cuidar a los heridos que convalecían en el camarote-enfermería.
En el transcurso de la travesía, el honesto caballero trabó amistad con un extraño personaje que también oficiaba de curandero de abordo. Se trataba de un extraño elfo, reservado y misterioso que respondía al nombre de Lëno y que poseía una amplia destreza como sanador. El Caballero de Solamnia contemplaba con aprobación el esfuerzo y la dedicación con las que trataba a los postrados en la enfermería y muchos de los que salieron de allí de una pieza lo hicieron gracias a sus habilidades. De esta forma los dos días siguientes transcurrieron apaciblemente, sin incidentes digno de mención y buen tiempo, que hicieron que el Fénix de los Mares navegara a un ritmo excelente hacia su siguiente escala, que no era otra que Palanthas, capital de Solamnia.
Sin embargo al siguiente día, el 12º, el cielo se tiñó de negro y densos nubarrones lo cubrieron casi en su totalidad, descargando una lluvia tenaz y persistente que dificultaba la visión y el trabajo en cubierta. Acompañaba al aguacero un fuerte viento que picaba el mar levantando olas de varios metros de altura y azotaba el velamen, el cual fue arriado por temor a que se rasgara o las jarcias se rompieran. Aquel fue un día difícil a bordo del Fénix de los Mares y pocos consiguieron conciliar el sueño en sus camarotes, sobre todo porque en lugar de amainar, a medida que avanzaba la noche arreciaron viento y lluvia y las olas del mar embravecido estallaban en cubierta al despuntar el alba. Estaban atrapados en mitad de una tempestad, a pocas millas de la bahía de Branchala. El capitán Kuro se hizo oír en cubierta, elevando la voz por encima del rugido del mar y dio órdenes precisas para que unos se quedaran en cubierta y otros fueran a guarecerse en las bodegas, a la espera de ser llamados para sustituir a quien lo precisara, ya fuera por agotamiento o por otra causa. En cuanto a los compañeros, Gän, John y Zifnab se quedaron en cubierta a la espera de las indicaciones pertinentes. Sir Sánchez también quiso, como era su deber, estar en primera línea y abandonó la enfermería sabiendo que dejaba los herido y enfermos en las buenas manos de Lëno. Txon por su parte, se lo pasaba en grande subido a lo alto de la cofa y oficiando de vigía para alivio de su compañero, que bajó de lo alto del mástil en cuanto tuvo oportunidad.
Gän atisbó entre la tormenta un grupo de marineros manejando una serie de cabos. El enano, característicamente tozudo, no había querido aprender nada sobre navegación (y en ese momento le temblaban las rodillas, aunque nunca lo admitiría en público) así que desconocía por completo lo que aquellos hombres pretendían tirando de la soga, pero si comprendió que su fuerza ayudaría a salvarlos del desastre. De modo que llegó tambaleándose a donde se encontraban los marineros y colaboró durante lo que a él le parecieron horas tirando y soltando la cuerda según le iban indicando.
John se encontraba cerca del castillo de popa y por encima de su cabeza podía oír a pesar de la tormenta los gritos de los hombres que se esforzaban por gobernar el indómito timón. Así que ágilmente subió las escaleras del y ayudó a los marineros con la rueda del timón, que parecía más dócil ante la enorme fuerza del guerrero.
Sir Sánchez se encontró en mitad del caos sin saber que hacer. A su lado oyó un chasquido como un látigo y un cabo suelto le golpeó con una fuerza descomunal en mitad del pecho y a punto estuvo de hacerlo caer. Varios marineros llegaron a su lado tratando de aferrar el cabo suelto, que se contoneaba y agitaba descontrolado, como si hubiera sido transformado en una serpiente enfurecida. Sir Sánchez trató de agarrarlo avanzando un paso, pero la enloquecida cuerda propinó un segundo latigazo al tenaz caballero. Los marineros también intentaron asir el cabo sin éxito alguno y recibiendo algunos golpes también. Por fin, un tercer intento de Sir Sánchez dio sus frutos y una vez lo hubo aferrado los demás hombres lo ayudaron a afianzarlo de nuevo, tras lo que el siempre voluntarioso caballero salió corriendo por la cubierta, dispuesto a ayudar en cualquier otra empresa.
Zifnab era consciente de los problemas del Caballero de Solamnia, pues se hallaba relativamente cerca de él, de modo que se dispuso a avanzar hacia donde Sir Sánchez se encontraba. No obstante se le hacía tremendamente complicado andar por la cubierta con semejante vaivén así que caminaba lentamente aferrado a la baranda de estribor. Una enorme ola se alzó sobre él barriendo la cubierta y Zifnab tuvo tiempo para asirse con todas sus fuerzas a la barandilla, cerrando los ojos y esperando que sus fuerzas aguantaran el tremendo embate del océano. De repente oyó un gritó y abrió los ojos para ver como un marinero era arrastrado por el agua que se retiraba de la cubierta, succionándolo hacia la negra boca abierta que era el mar. Se deslizaba el desdichado hacia la misma borda en que se hallaba el mago de túnica verde y éste, sin pensarlo se dejó llevar también por la resaca hasta que alcanzó al marinero. La ola levantó a ambos hombre por encima de la barandilla, pero Zifnab, en un alarde de fuerza y audacia, se agarró como pudo en el último momento a la barra de madera, salvando al grumete y a él mismo de una muerte más que probable. Otros marineros que contemplaban horrorizados la escena, acudieron rápidamente a socorrer al mago y mirándolo con admiración por la proeza realizada llevaron a su aturdido compañero hacia la seguridad de las bodegas.
Estas y otras fueron las dificultades con las que la tripulación entera se encontró mientras duró la tormenta y , tras un espacio de tiempo que nadie supo precisar, por fin el océano pareció admitir su derrota. La tempestad amainó un tanto y las olas disminuyeron su altura. Cuando lo peor hubo pasado muchos hombres, agotados, heridos o ambas cosas, fueron relevados por sus compañeros que se resguardaban en las entrañas del Fénix de los Mares y finalmente la nave dejo de correr serio peligro.
Con todo, al día siguiente (14º) los compañeros entraban por el embudo natural que constituye la bahía de Branchala y poco después del mediodía arribaban al gran puerto de la ciudad de Palanthas. El grupo esperó pacientemente en cubierta a que los marineros realizasen la ya familiar maniobra de atraque y desplegaran la pasarela y cuando por fin el Fénix de los Mares echó el áncora en el puerto, descendieron por la tabla inclinada llegando por fin a la gran urbe. Lo primero fue el control del puerto, en el que a John se le confiscaron sus armas (espada, daga y arco) debido a la orden de prohibición de portar armas mientras estuviese en la ciudad que pesaba sobre él tras el incidente que tuvo en anteriores visitas a la capital de Solamnia. Después y como venía siendo costumbre, el grupo se disgregó y cada cual se fue por su lado, a saber:
Zifnab se fue con Lëno, que había decidido acompañar a tan variopinto grupo, a la Gran Biblioteca de Palanthas, ávidos ambos de los muchos conocimientos que ésta ofrecía. Cuando llegaron, un esteta de los que allí residían les preguntó el motivo de su visita, diferente en cada uno, ya que Lëno estaba interesado en ahondar en los misterios de Chislev, diosa neutral de la naturaleza, buscando no asuntos referentes a la propia la deidad por la que Lëno no sentía especial devoción (ni por ésta ni por ninguna otra), sino por encontrar nuevas formas y caminos de comunicación con la Naturaleza en sí. Búsqueda , por otro lado, demasiado exigente para el poco tiempo del que disponía y cuando se vino a dar cuenta, Solinari y Lunitari lanzaban sus rayos multicolores a través de la ventana abierta de la habitación donde se hallaba. Cerró pues el volumen que sostenía entre manos y salió del edificio dirigiéndose de nuevo al puerto.
Zifnab se separó del curandero elfo y se encaminó a la sección de la Gran Biblioteca que versaba sobre el estudio de la magia. Preguntó a un acólito que estudiaba concienzudo en la zona si podía tener acceso a algún pergamino o libro de conjuros, pero al parecer había que tener algún tipo de salvoconducto para poder consultar tales documentos, así que, tras averiguar del mismo estudiante la forma de obtenerlos, salió del recinto y se encaminó al Palacio donde perdió el resto de tarde en trámites burocráticos.
Sir Sánchez y Kaldor Knorr fueron a la Casa de los Caballeros, pues ambos habían discutido ya a bordo la posibilidad de solicitar el avanzar a la Orden de la Espada, siguiente eslabón en la jerarquía de los Caballeros de Solamnia y de ese modo se encaminaron al cuartel principal de la orden fuera de la Torre del Sumo Sacerdote. Tras presentarse ante la guardia de la entrada fueron llevados a una sala de espera, donde aguardaron mientras un escriba anotaba sus nombres. Al poco, les hicieron pasar a una sala tribunal contigua a la habitación que habían dejado, acompañados del cronista. En el tribunal se hallaba sentado un solo hombre, vestido con una larga túnica sobre armadura metálica y que se presentó como Valthan Swordguard, Caballero de la Espada de mayor rango presente en ese momento en la Casa de los Caballeros. Estuvo largo rato hojeando una serie de pergaminos, mientras los dos caballeros esperaban paciente y obedientemente y el escriba seguía tomando nota de cuanto acontecía en la sala, que hasta entonces, no era mucho. Cuando el Caballero de la Espada terminó los miró a ambos largamente y, tras reprenderlos por haber descuidado la orden de reportar en el Templo de Paladine todo cuanto aconteciese respecto a la misión del Cetro de la Muerte Ardiente (al parecer aquellos legajos contenían información pormenorizada de sus trayectorias), les comunicó, en un tono más benévolo, que lamentaba no poder atender su petición ante la imposibilidad de reunir consejo, lo que significaba que el avance a la siguiente orden quedaba postergado hasta que pudieran reunirse en consejo oficial. No obstante recomendó encarecidamente a los Caballeros de la Corona que cumpliesen la misión en la que todavía se encontraban inmersos, ya que jugaría un importante papel en la cuestión de promoción y además podría reunir un consejo oficial para que todo se llevase a cabo de forma debida. Sin añadir nada más Valthan les despidió con sus bendiciones instándoles a que cumpliesen la tarea de informar al Templo de Paladine y se preparasen para la importante misión que deberían cumplir. Tristes pero esperanzados, los dos compañeros se apresuraron al Templo para cumplir con su deber.
John Bladearm, harto de tener que entregar su arma cada vez que entraba en la ciudad resolvió ir con Tanis el semielfo, que se dirigía nada menos que al palacio para entrevistarse con Amothus. Comentó antes que nada su intención con Tanis y le pidió que mediara en el asunto, usando su influencia para conseguir su propósito. El semielfo, con cara de resignación, accedió a los ruegos del guerrero y ambos anduvieron hasta el palacio. Allí fueron recibidos prestamente por los funcionarios al servicio de Amothus que ya conocían de sobra al Héroe de la Lanza, si bien Tanis consideró más adecuado que John no estuviera presente cuando realizara la petición, de manera que le hicieron esperar en una sala de la planta baja del castillo. Tras un rato de aburrida espera para el guerrero de Sirgel, Tanis en persona descendió por las escaleras de palacio portando un documento firmado de puño y letra de Amothus y con el sello del propio gobernador de Palanthas, de modo que John solo tuvo que ir con él al puerto y sus armas le fueron devueltas sin ninguna objeción.
Por último, Txon y Gän fueron, como no podía ser de otra forma, al mercado. Situado fuera de la muralla de la Ciudad Vieja, el mercado de Palanthas era un vasto lugar en el que se daban cita todo tipo de personas de cualquier condición y raza para buscar los objetos y mercancías más insólitos. Todo lo que se pudiera comprar y adquirir, ya fuera de forma tradicional o de manera menos ortodoxa, desde simples encurtidos o pescado hasta joyas traídas del corazón de las montañas Kharolis, se podía encontrar en aquel lugar si sabías dónde y cómo buscarlo. Txon y Gän traspusieron las antiguas puertas de la ciudad y se encontraron inmersos de lleno en un mundo ya conocido para el travieso kender, pero totalmente nuevo para el reservado enano. Txon abría la marcha y el enano lo seguía mirándolo todo muy atento y sin tenerlas todas consigo, ya que aquello era bien diferente a su acostumbrada vida solitaria en los bosques. Tras caminar durante cierto tiempo, Txon pareció haber encontrado un lugar de su agrado. El lugar en cuestión era una pequeña carpa violeta que se alzaba unos cuatro metros y en cuya puerta se encontraba un individuo enorme parado sobre sus pies y los brazos cruzados sobre el pecho. Era de tez negra y su cabeza sobresalía por encima del montón de curiosos que se arracimaban en el exterior de la tienda. Txon, con facilidad (y Gän con menos soltura) se deslizó hasta la entrada, a los pies mismos del enorme hombre negro y en cuanto alcanzó el portal del establecimiento apareció por el umbral un individuo bajo, regordete, de tez cetrina y con un turbante liado a la cabeza. Hablaba casi tan rápido como el kender y con marcado acento y en un abrir y cerrar de ojos, tras mantener una conversación de la que el asombrado enano logró captar dos o tres palabras sueltas cual si hablaran un idioma desconocido, entraron al interior de la lona. El negro siguió al mercader y a los dos hombrecillos y su sola presencia mantenía a raya a los curiosos, que no se atrevieron a dar un paso más allá de la entrada. El interior de la misma era muy sencillo: un mostrador desmontable se extendía de lado a lado de la lona a pocos pasos de la entrada, de modo que el cliente solo podía moverse en un espacio bastante reducido. Detrás de este mostrador había una sólida pared de madera con una puerta y algunas cajas apiladas contra ella. Al parecer, la carpa había sido levantada sobre un pequeño almacén que era donde el mercader guardaba su mercancía, de la que mostró algunos objetos que Txon acabó desestimando. No obstante, tras una última visita al interior de la construcción de madera, el mercader volvió con un justillo de cuero bien lustrado y de apariencia resistente, además de tamaño kender y que, según afirmó el mercader, había pertenecido al mismísimo Tío Saltatrampas. Txon quiso pagar al comerciante con algunos objetos obtenidos en sus aventuras, tales como cubiertos de oro y plata, pequeñas joyas y abalorios que había “rescatado” del cubil de la cría de dragón azul en Bargond, pero el mercachifle no quiso saber nada de otra cosa que no fuera acero contante y sonante, así que la compra acabó en malos modos y despedidas apresuradas al cernirse sobre los dos amigos la sombra amenazante del enorme guardaespaldas. Pero por todos es sabido que los kenders difícilmente se conforman con un no por respuesta.
Txon y Gän volvieron al puerto, a la dársena donde se hallaba fondeado el Fénix de los Mares y allí se encontrarn con Lëno que según les contó, volvía directamente de la Gran Biblioteca. Sin saber que hacer, fueron los tres a cenar a una posada cercana al puerto, donde el kender expresó su deseo de volver más tarde a la tienda de la armadura. Sus dos camaradas no dijeron nada: Gän estaba disgustado por el trato recibido y no le impidió tal acción y Lëno por su parte sonrió divertido ante la perspectiva, pues nunca había tratado con kenders y le picaba la curiosidad. Así, tras terminar la cena, los tres cruzaron la Ciudad Vieja y su muralla, adentrándose en el distrito comercial. Aún de noche, el mercado bullía de actividad pues la miríada de tabernas que allí se enclavaban hacían su agosto cuando los comercios cerraban sus puertas y los agotados transeúntes buscaban un lugar asequible para remojar el gaznate. Además, algunos comercios no muy escrupulosos con la ley postergaban las ventas hasta altas horas de la noche, por lo que a los tres compañeros no les fue muy difícil llegarse hasta la tienda de la carpa morada sin levantar muchas sospechas. Gän se ocultó en las sombras de un edificio cercano atento a la calle por si a algún borracho o ronda de alguaciles se les ocurría dejarse caer por la zona y Lëno y el kender se acercaron a reconocer la tienda. Rodearon la carpa y el kender pegó la oreja muy despacio a la lona. Acertó a oír una voz con acento, sin duda perteneciente al mercader, mezclada con el tintineo inconfundible del dinero. Pacientemente y sin hacer ningún ruido, los dos esperaron hasta que la voz se apagó y no oyeron nada más durante un rato. La carpa estaba tensa debido a las cuerdas clavadas con piquetas que la sujetaban al suelo, lo que hacía imposible pasar por debajo de la tela, de modo que el kender sacó su daga y con mucho cuidado para no ser oído, hizo un pequeño corte en la lona, lo suficientemente grande para que cupiera su menudo cuerpo. Se encontró frente a una pared de madera que supuso sería la pared lateral del almacén y unas cajas bloqueaban el paso hacía la parte delantera de la tienda, donde había estado por la tarde en compañía de Gän. Esperó unos segundos para comprobar si había sido oído y a continuación se giró hacia las cajas y oteó el interior del mostrador. El enorme hombre negro se encontraba plantado frente a la puerta de entrada al almacén, frustrando las esperanzas del kender y el trémulo plan que había forjado. No obstante y lejos de darse por vencido, resolvió subir al techo de la estructura para buscar cualquier otra ruta, se manera que se encaramó a las cajas que tenía frente a él. Pero cuando trataba de subir, una caja vacía se tambaleó bajo su peso, haciendo el suficiente ruido como para alertar al guardaespaldas, el cuál, en cuanto se hubo percatado, golpeó la puerta del almacén con una violencia que parecía que iba a derribarla y después miró en derredor para buscar al ladronzuelo imprudente que se había colado en la tienda. Descubrió a Txon en el mismo momento que éste conseguía trepar definitivamente al techo y si lo reconoció no mostró ningún signo de ello, sino que fue directamente hacia él tratando de agarrarlo por el tobillo. Por fortuna Txon era más ágil y evitó la manaza del hombre que intentaba aferrarlo desde abajo. Del interior de la tienda comenzaron a surgir gritos agudos llamando a la guardia y Gän, que seguía en su posición, puso pies en polvorosa en cuanto oyó los gritos. Otro tanto hizo Lëno al ver salir por la abertura practicada con anterioridad por el kender al propio Txon, corriendo como alma que lleva el diablo tras saltar directamente del tajado del almacén de madera al suelo. Los tres se encontraron en la muralla de la Ciudad Vieja y caminando apresuradamente volvieron de nuevo a bordo del Fénix de los Mares, rogando para que la nave zarpara al día siguiente antes de que los detalles del incidente llegaran a oídos inapropiados.

6 Comments:

  • Ahí teneis la última entrega de vuestras aventuras, espero que os guste.
    También tengo entre manos la de la partida que jugaron Laura y el Hijo, pero ya no doy abasto con tanta cosa así que tendrá que esperar.
    Nada más, espero que me comentéis esta entrada y me digáis que queréis que modifique para la próxima, ok?
    Un saludo a todos. Ciao pescaos

    By Blogger Raistlin, at 2:27 a. m.  

  • Esta muy bien como siempre. Por cierto tengo mono d erol ke no veas.A ver si jugamos pronto pijo!

    By Blogger Txon, at 12:03 p. m.  

  • Jugaaaaaaaaaaaaaaaaaar!!!!

    By Blogger Txon, at 12:04 p. m.  

  • Se me va.

    By Blogger Txon, at 12:04 p. m.  

  • Por fin me lo he leido y mola bastante. A ver si la semana k viene hacemos rolada

    By Blogger Zifnab, at 11:38 a. m.  

  • Karlitos y Txon, 500 px para cada uno :P.
    Se me saltan las lágrimas...snif, snif...gracias...snif...
    A mi tb se me va XDDD

    By Blogger Raistlin, at 10:21 p. m.  

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