El camino hacia la Torre
Ramalad recogió sus cosas con presteza y salió de la casa de Theossil’tas. A la salida le esperaba ya Occo, la siempre impredecible clérigo de Sirrion, que había decidido acompañarle tras recibir la noticia de manos del mago encapuchado. En efecto, la semielfa declaró que lo acompañaría puesto que nadie más se iba a ofrecer y sin añadir palabra, había entrado también en la residencia del caudillo elfo y tras recoger sus cosas esperaba fuera al joven mago. Occo preguntó al mago la ruta que pensaban seguir y éste, resignado al parecer a que la clérigo lo acompañara en su viaje le mostró el mapa que le había dado el extraño mensajero. El pergamino poseía algún tipo de encantamiento y mostraba de manera detallada la zona de Ergoth del Sur en la que se encontraban: Qualimori, Silvamori, el bosque en el que éstos se hallaban y las montañas Fingaard aparecían en el pergamino representados claramente. Pero el mapa mostraba también una pequeña marca, que estaba señalada con un letrero en el que se leía “Ramalad”. El mago entendió que el hechizo del mapa estaba centrado en él y en el pergamino se irían plasmando las zonas por las que él fuera pasando, de manera que fuera imposible perderse hasta llegar a su destino: el misterioso bosque de Wayreth.
Entre ambos decidieron volver a Daltigoth, la ciudad por la que habían arribado a la isla meridional de Ergoth, y de allí tomar un barco que les condujera a uno de los puertos que se enclavaban en las costas de Abanasinia. Después se adentrarían a pie o montados en los bosques de Qualinesti hasta dar finalmente con el bosque de Wayreth, o mejor dicho, hasta que el bosque de Wayreth diera con ellos, pues por todos los magos es sabido que el bosque es indetectable para todos excepto para quien haya sido invitado expresamente.
De modo que, por sugerencia de Occo, fueron a buscar a Tanis y preguntar si era posible emplear uno o dos grifos para que les llevasen hasta Daltigoth o hasta sus inmediaciones y el semielfo, solícito, los acompaño hasta el establo donde se mantenía a las singulares monturas. El elfo que estaba a cargo del establo seleccionó a dos bestias bastante dóciles y manejables pero la clérigo de Sirrion no quedó muy convencida pues recordaba claramente su anterior experiencia con estos animales. Llevaron a los grifos al exterior, donde el cuidador les recordó someramente las normas básicas que debían cumplir y cuando estuvo seguro que los compañeros habían aprendido la lección, les rogó que una vez hubieran llegado, dejaran los grifos a cargo de un amigo suyo que poseía un gran zoológico en Daltigoth.
Sin más que añadir, se despidieron de Tanis y del elfo, dándoles las gracias desde el aire, antes de remontar finalmente el vuelo. El trayecto, por el contrario de lo que esperaba Occo, fue tranquilo, y tras unas horas sobrevolando las montañas Fingaard sin que Ramalad apartara la vista del mapa ni un solo momento, divisaron su destino. Resolvieron aterrizar en las inmediaciones de la urbe y entraron andando por la única puerta de la que dispone Daltigoth, con los grifos cogidos de las riendas. Se apresuraron a buscar el amigo del zoológico del que les había hablado el cuidador elfo y se deshicieron de los animales. Tras echar un vistazo al zoo, bajaron al puerto con la esperanza de encontrar algún navío que aceptara llevarlos hasta Abanasinia y emplearon el resto de la tarde en este quehacer. Encontraron pasaje a bordo de un mercante llamado ‘El Hipogrifo’, el cuál haría varias escalas en ciudades portuarias de la costa noroccidental de Abanasinia, como Zaradene y Ankatavaka. Le pagaron unas monedas de acero por adelantado y se despidieron del capitán de ‘El Hipogrifo’, citándose para partir a la mañana siguiente. Con las últimas luces buscaron una posada donde pernoctar, aunque esto no les llevó mucho tiempo pues Ramalad se acordaba de ‘La Roca Salada’ en la que habían hecho noche cuando iban acompañando a Tanis hacía el Qualimori. A ambos se les antojó muy lejano aquellos sucesos (ambos compartieron un último recuerdo para Thomen, el austero clérigo de Reorx caído durante el transcurso del episodio de la campana) cuando en realidad no hacía más de una semana que se encontraban en el mismo salón donde ahora debatían la mejor opción para desembarcar, inclinados sobre el mágico mapa del mago. Tras darle alguna que otra vuelta, acordaron desembarcar en Ankatavaka, pues los acercaba más a su destino final y además a Occo el nombre le sonaba vagamente familiar. Pasaron la noche sin sobresaltos y al día siguiente se encontraron de nuevo a bordo de ‘El Hipogrifo’. La travesía se les antojó bastante placentera, pues Ramalad pasaba la mayor parte del tiempo ocioso, estudiando fervientemente sus libros de magia y preparándose, más nervioso de lo que le hubiese gustado, para La Prueba mientras Occo congeniaba con todos los navegantes de a bordo, además de echar una mano en la cocina donde demostró en más de una ocasión su buena mano con los fogones. Además, la siempre ardiente clérigo de Sirrion se ganaba unas monedas extra con sus actuaciones nocturnas, en las que bailaba para la concurrencia ataviada con vestidos vaporosos y demás modelos que hacían hervir la sangre de marineros y pasajeros. De este modo se sucedieron los seis días que duró la travesía por el estrecho de Algoni hasta Ankatavaka.
La noche anterior al desembarco Ramalad recordó que había traído consigo algunos de los objetos encontrados en las criptas del templo de Morgion. Llamó poderosamente su atención un anillo de metal, liso, sin ningún tipo de ornamentos y forjado en un metal negruzco. Recitó unos versículos, mientras hacía un gesto con su mano y el aro comenzó a brillar, señal inequívoca de que estaba imbuido por la magia, de manera que acondicionó su camarote para pasar el resto de la noche trabajando en descubrir las propiedades del anillo. El mago sabía que el proceso lo agotaría y lamentó su torpeza por no haberse acordado antes. No obstante, apartó tales pensamientos de su cabeza y comenzó el ritual. Acostumbrado ya al vaivén que producía la nave meciéndose sobre las olas, no le resultó muy difícil concentrarse y por fin, cuando el sol asomaba por el ventanuco del que disponía su cuarto, Ramald asintió con la cabeza sonriendo y se desplomó.
Lo encontró Occo unas horas más tarde, cuando llegó la hora de desembarcar al fin en tierra firme. Por suerte, el mago había sido previsor y dejó preparadas sus pertenencias antes del ritual. Además, la clérigo había pagado con el dinero que había recaudado de sus numeritos a bordo, por lo que se despidieron amablemente del capitán y descendieron a Ankatavaka, Occo ayudando siempre a su compañero, que se encontraba físicamente agotado.
En cuanto pusieron pie en los muelles de la concurrida ciudad, la sacerdotisa recordó de pronto que efectivamente conocía la historia de la urbe. Ankatavaka fue hace mucho mucho tiempo, antes del Cataclismo, una de las joyas del desaparecido imperio de Ergoth y uno de los centros religiosos más importantes del orbe, crisol de sabiduría y de conocimientos que se almacenaban en una gran biblioteca, dedicada casi exclusivamente a los dioses, a todos ellos, e incluía también algunos manuscritos más recientes que versaban sobre la nueva religión. Destruido el imperio por la montaña de fuego arrojada por los dioses para castigar la soberbia del Príncipe de los Sacerdotes, Ankatavaka perdió su influencia y corrió, en tiempos posteriores al Cataclismo, una suerte pareja a la de tantas otras localidades en Krynn. Como los verdaderos clérigos habían desaparecido, los Buscadores, una nueva religión aparecida en esos años tumultuosos, se hicieron cargo del gobierno de la ciudad, situada ahora en las costas occidentales de Abanasinia y separada de Ergoth del Sur por el estrecho de Algoni, que acababan de cruzar a bordo de ‘El Hipogrifo’. Occo ignoraba que había sido de los dignatarios tras la vuelta de los dioses y así se lo hizo saber a un extenuado Ramalad quien, no obstante, escuchaba las explicaciones de su compañera con toda la atención que era capaz de prestar en su estado.
Buscaron rápidamente una posada donde hospedarse durante el tiempo que necesitaran permanecer en la ciudad. Guiados por las indicaciones de los numerosos y amables transeúntes que pululaban por las calles, encontraron una emplazada en una amplia avenida, cerca de la plaza central. Allí pasó el mago el resto del día, recuperándose del tremendo esfuerzo físico y mental que había tenido que realizar.
Por su parte, Occo se encargó de hablar con el posadero y entre los dos acordar la suma a pagar por un día en el establecimiento. Resuelto este punto se hizo servir un plato de comida y tras dar buena cuenta de él, salió a explorar una ciudad que se le antojaba prometedora y mucho más después de recordar su historia. Dio un pequeño rodeo por las calles y enseguida llamó poderosamente su atención un gran edificio situado cerca de la posada en la que se había instalado y que reconoció como una biblioteca. Le vino a la cabeza otra de sus lecciones de historia. La biblioteca de Ankatavaka contenía una de las mayores fuentes de sabiduría divina de todo Ansalon, pues la oligarquía dominante de la urbe había recogido en numerosos escritos el vasto conocimiento que poseían acerca de los dioses. Ignoraba la clérigo si tan enorme acervo religioso había sobrevivido al Cataclismo y sintió curiosidad por conocer los tesoros que guardaban aquellos muros. Existía además otra razón por la que la humana se sentía empujada a traspasar las dobles puertas que guardaban la entrada de la biblioteca: estaba confusa. Notaba flaquear en su interior la llama de su fe hacia Sirrion, podía sentirlo cada mañana, cuando elevaba hacia su dios sus plegarias con los primeros rayos del ardiente sol. No sentía aquella cálida sensación que antaño inundara su ser tras los rezos, le parecía que él no los escuchaba y necesitaba acercarse de nuevo a la inextinguible llama de su señor para derretir las dudas que albergaba su espíritu. De modo que, con resolución se encaminó hacia las puertas del edificio y entró.
Pasó toda la tarde entre libros, pergaminos y manuscritos y cuando vino a darse cuenta la noche había caído sobre Ankatavaka y un amable bibliotecario le comunicaba que debían cerrar el edificio. Salió al exterior cansada, pero exultante y satisfecha y se dirigió hacia la posada.
Cuando entró al establecimiento se encontró con que Ramalad se había restablecido por completo y sentado a solas en una mesa cercana a la chimenea, comía con ganas un buen plato de algún tipo de guiso. El mago interrumpió un segundo su cena para saludarla con la cabeza cuando entró por la puerta y a continuación volvió a centrar su atención en el suculento plato. Fue directa hacia la mesa y tras preguntarle a su compañero por su estado y constatar que todo estaba en orden, encargó a una de las camareras cena para ella. Acabada ésta y cuando hubieron retirado los restos de comida de la mesa, pidieron unas copas de vino para alegrarse la velada y Occo narró al hechicero los sucesos más importantes de su tarde. Tras la escueta parla se dispusieron a verificar la ruta que habían de tomar al día siguiente cuando abandonaran la renacida ciudad. No había terminado Ramalad de extender el mapa encantado que le diera el arcano mensajero cuando una figura se acercó hasta su mesa. Vestía una túnica azul larga que lo identificaba inequívocamente como clérigo, lo cuál no extrañó a ninguno de los dos amigos dada la masiva afluencia de ellos que recibía de nuevo Ankatavaka. Pendía de su cuello un medallón que el hombre exhibía con orgullo y en el que se podía observar el símbolo universal del infinito, un bucle entrelazado que no tenía ni principio ni fin: el símbolo de Mishakal. Se presentó el recién llegado como Michael y pidió permiso para sentarse y compartir una copa de vino con la pareja. Guardando de nuevo el pergamino, ambos mostraron su conformidad y encargando el prometido mosto, les interrogó sobre cuestiones intrascendentes. Era un buen conversador y bastante cortés y agradable y todos pasaron una placentera velada. Compartieron con él el motivo de su viaje y el hermano Michael les informó acerca de una pareja de aventureros amigos suyos que tal vez pudieran acompañarlos, para hacer más seguro su viaje. Les dijo sus nombres y donde encontrarlos (en otra de las posadas de la ciudad), lo que le valió el sincero agradecimiento de los dos. Siguió la conversación por derroteros poco trascendentes hasta que el clérigo de Mishakal, a petición de ambos, les relató los pormenores de la historia de la ciudad. Occo se sorprendió al conocer que la oligarquía de Buscadores que se hiciera cargo del gobierno del burgo antes de la Guerra de la Lanza, había abrazado con fervor el regreso de las antiguas divinidades, dándose de nuevo una situación en el gobierno de Ankatavaka similar a la que existía cuando todavía pertenecía al gran imperio de Ergoth. No obstante el siempre incisivo hechicero detectó que algo faltaba en el relato y tirando del hilo consiguió sonsacar al ahora preocupado eclesiástico una historia más fascinante y truculenta. Resultaba que no todos los Buscadores decidieron adorar a deidades benignas o neutrales. Un antiguo Buscador llamado y que ocupaba un puesto prominente en la jerarquía dirigente, se sintió inmensamente atraído por el poder destructivo de Sargonnas, el dios de la venganza, actitud que según los que le conocían, o creían hacerlo, casaba perfectamente con su temperamento. De modo que decidió rendir culto a tan oscura deidad, lo que no fue visto con buenos ojos por sus colegas que alegaban podría suponer un obstáculo para el incipiente renacer de la urbe y resolvieron apartarlo del gobierno. Como era de esperar, el oscuro personaje no se tomó precisamente bien la decisión de sus hasta entonces iguales y abandonó la ciudad, jurando que su papel en el mando de la misma no había de concluir por mandato de nadie, salvo de su dios. Hasta el momento, contó Michael, no habían vuelto a tener noticias suyas si bien algunos espías aseguraban haberle visto en las proximidades de la ciudad, aunque nadie había sufrido percance alguno.
Tras acabar su historia el clérigo de Mishakal se disculpó y alegó que debía encontrarse en el templo de su diosa para la oración nocturna. Deseándoles suerte y recordándoles pasar por la posada y conferenciar con sus recomendados, pagó los vinos y desapareció por la puerta de la calle. Quedaron de nuevo los compañeros en su mesa y tras debatirlo unos breves instantes, decidieron hacer caso al jovial clérigo y partieron en busca de la susodicha posada. Establecimiento de renombre dentro de la joven ciudad, no se podía considerar lujoso, aunque si parecía más cómodo y mejor acondicionado que el tugurio donde se hospedaban. Encontraron rápidamente a la pareja por las descripciones bastante ajustadas que les había facilitado el clérigo de Mishakal y se llegaron hasta su mesa portando cuatro jarras de cerveza. Se trataba de una mujer humana y un achaparrado y robusto hombrecillo, a todas luces miembro de la raza enana. Tras presentarse y aclarar que venían de parte del hermano Michael, les expusieron su petición de viajar juntos hasta el linde del bosque de Qualinesti y el enano pidió, sin consultar siquiera a su compañera, que se les pagase por sus servicios de guardaespaldas. Como ni Ramalad ni Occo estaban dispuestos a soltar prenda por tales favores, no llegaron a ningún tipo de acuerdo y tras apurar las cervezas (el mago ni siquiera terminó la suya), regresaron como habían venido a la posada en la que se hospedaban.
Entre ambos decidieron volver a Daltigoth, la ciudad por la que habían arribado a la isla meridional de Ergoth, y de allí tomar un barco que les condujera a uno de los puertos que se enclavaban en las costas de Abanasinia. Después se adentrarían a pie o montados en los bosques de Qualinesti hasta dar finalmente con el bosque de Wayreth, o mejor dicho, hasta que el bosque de Wayreth diera con ellos, pues por todos los magos es sabido que el bosque es indetectable para todos excepto para quien haya sido invitado expresamente.
De modo que, por sugerencia de Occo, fueron a buscar a Tanis y preguntar si era posible emplear uno o dos grifos para que les llevasen hasta Daltigoth o hasta sus inmediaciones y el semielfo, solícito, los acompaño hasta el establo donde se mantenía a las singulares monturas. El elfo que estaba a cargo del establo seleccionó a dos bestias bastante dóciles y manejables pero la clérigo de Sirrion no quedó muy convencida pues recordaba claramente su anterior experiencia con estos animales. Llevaron a los grifos al exterior, donde el cuidador les recordó someramente las normas básicas que debían cumplir y cuando estuvo seguro que los compañeros habían aprendido la lección, les rogó que una vez hubieran llegado, dejaran los grifos a cargo de un amigo suyo que poseía un gran zoológico en Daltigoth.
Sin más que añadir, se despidieron de Tanis y del elfo, dándoles las gracias desde el aire, antes de remontar finalmente el vuelo. El trayecto, por el contrario de lo que esperaba Occo, fue tranquilo, y tras unas horas sobrevolando las montañas Fingaard sin que Ramalad apartara la vista del mapa ni un solo momento, divisaron su destino. Resolvieron aterrizar en las inmediaciones de la urbe y entraron andando por la única puerta de la que dispone Daltigoth, con los grifos cogidos de las riendas. Se apresuraron a buscar el amigo del zoológico del que les había hablado el cuidador elfo y se deshicieron de los animales. Tras echar un vistazo al zoo, bajaron al puerto con la esperanza de encontrar algún navío que aceptara llevarlos hasta Abanasinia y emplearon el resto de la tarde en este quehacer. Encontraron pasaje a bordo de un mercante llamado ‘El Hipogrifo’, el cuál haría varias escalas en ciudades portuarias de la costa noroccidental de Abanasinia, como Zaradene y Ankatavaka. Le pagaron unas monedas de acero por adelantado y se despidieron del capitán de ‘El Hipogrifo’, citándose para partir a la mañana siguiente. Con las últimas luces buscaron una posada donde pernoctar, aunque esto no les llevó mucho tiempo pues Ramalad se acordaba de ‘La Roca Salada’ en la que habían hecho noche cuando iban acompañando a Tanis hacía el Qualimori. A ambos se les antojó muy lejano aquellos sucesos (ambos compartieron un último recuerdo para Thomen, el austero clérigo de Reorx caído durante el transcurso del episodio de la campana) cuando en realidad no hacía más de una semana que se encontraban en el mismo salón donde ahora debatían la mejor opción para desembarcar, inclinados sobre el mágico mapa del mago. Tras darle alguna que otra vuelta, acordaron desembarcar en Ankatavaka, pues los acercaba más a su destino final y además a Occo el nombre le sonaba vagamente familiar. Pasaron la noche sin sobresaltos y al día siguiente se encontraron de nuevo a bordo de ‘El Hipogrifo’. La travesía se les antojó bastante placentera, pues Ramalad pasaba la mayor parte del tiempo ocioso, estudiando fervientemente sus libros de magia y preparándose, más nervioso de lo que le hubiese gustado, para La Prueba mientras Occo congeniaba con todos los navegantes de a bordo, además de echar una mano en la cocina donde demostró en más de una ocasión su buena mano con los fogones. Además, la siempre ardiente clérigo de Sirrion se ganaba unas monedas extra con sus actuaciones nocturnas, en las que bailaba para la concurrencia ataviada con vestidos vaporosos y demás modelos que hacían hervir la sangre de marineros y pasajeros. De este modo se sucedieron los seis días que duró la travesía por el estrecho de Algoni hasta Ankatavaka.
La noche anterior al desembarco Ramalad recordó que había traído consigo algunos de los objetos encontrados en las criptas del templo de Morgion. Llamó poderosamente su atención un anillo de metal, liso, sin ningún tipo de ornamentos y forjado en un metal negruzco. Recitó unos versículos, mientras hacía un gesto con su mano y el aro comenzó a brillar, señal inequívoca de que estaba imbuido por la magia, de manera que acondicionó su camarote para pasar el resto de la noche trabajando en descubrir las propiedades del anillo. El mago sabía que el proceso lo agotaría y lamentó su torpeza por no haberse acordado antes. No obstante, apartó tales pensamientos de su cabeza y comenzó el ritual. Acostumbrado ya al vaivén que producía la nave meciéndose sobre las olas, no le resultó muy difícil concentrarse y por fin, cuando el sol asomaba por el ventanuco del que disponía su cuarto, Ramald asintió con la cabeza sonriendo y se desplomó.
Lo encontró Occo unas horas más tarde, cuando llegó la hora de desembarcar al fin en tierra firme. Por suerte, el mago había sido previsor y dejó preparadas sus pertenencias antes del ritual. Además, la clérigo había pagado con el dinero que había recaudado de sus numeritos a bordo, por lo que se despidieron amablemente del capitán y descendieron a Ankatavaka, Occo ayudando siempre a su compañero, que se encontraba físicamente agotado.
En cuanto pusieron pie en los muelles de la concurrida ciudad, la sacerdotisa recordó de pronto que efectivamente conocía la historia de la urbe. Ankatavaka fue hace mucho mucho tiempo, antes del Cataclismo, una de las joyas del desaparecido imperio de Ergoth y uno de los centros religiosos más importantes del orbe, crisol de sabiduría y de conocimientos que se almacenaban en una gran biblioteca, dedicada casi exclusivamente a los dioses, a todos ellos, e incluía también algunos manuscritos más recientes que versaban sobre la nueva religión. Destruido el imperio por la montaña de fuego arrojada por los dioses para castigar la soberbia del Príncipe de los Sacerdotes, Ankatavaka perdió su influencia y corrió, en tiempos posteriores al Cataclismo, una suerte pareja a la de tantas otras localidades en Krynn. Como los verdaderos clérigos habían desaparecido, los Buscadores, una nueva religión aparecida en esos años tumultuosos, se hicieron cargo del gobierno de la ciudad, situada ahora en las costas occidentales de Abanasinia y separada de Ergoth del Sur por el estrecho de Algoni, que acababan de cruzar a bordo de ‘El Hipogrifo’. Occo ignoraba que había sido de los dignatarios tras la vuelta de los dioses y así se lo hizo saber a un extenuado Ramalad quien, no obstante, escuchaba las explicaciones de su compañera con toda la atención que era capaz de prestar en su estado.
Buscaron rápidamente una posada donde hospedarse durante el tiempo que necesitaran permanecer en la ciudad. Guiados por las indicaciones de los numerosos y amables transeúntes que pululaban por las calles, encontraron una emplazada en una amplia avenida, cerca de la plaza central. Allí pasó el mago el resto del día, recuperándose del tremendo esfuerzo físico y mental que había tenido que realizar.
Por su parte, Occo se encargó de hablar con el posadero y entre los dos acordar la suma a pagar por un día en el establecimiento. Resuelto este punto se hizo servir un plato de comida y tras dar buena cuenta de él, salió a explorar una ciudad que se le antojaba prometedora y mucho más después de recordar su historia. Dio un pequeño rodeo por las calles y enseguida llamó poderosamente su atención un gran edificio situado cerca de la posada en la que se había instalado y que reconoció como una biblioteca. Le vino a la cabeza otra de sus lecciones de historia. La biblioteca de Ankatavaka contenía una de las mayores fuentes de sabiduría divina de todo Ansalon, pues la oligarquía dominante de la urbe había recogido en numerosos escritos el vasto conocimiento que poseían acerca de los dioses. Ignoraba la clérigo si tan enorme acervo religioso había sobrevivido al Cataclismo y sintió curiosidad por conocer los tesoros que guardaban aquellos muros. Existía además otra razón por la que la humana se sentía empujada a traspasar las dobles puertas que guardaban la entrada de la biblioteca: estaba confusa. Notaba flaquear en su interior la llama de su fe hacia Sirrion, podía sentirlo cada mañana, cuando elevaba hacia su dios sus plegarias con los primeros rayos del ardiente sol. No sentía aquella cálida sensación que antaño inundara su ser tras los rezos, le parecía que él no los escuchaba y necesitaba acercarse de nuevo a la inextinguible llama de su señor para derretir las dudas que albergaba su espíritu. De modo que, con resolución se encaminó hacia las puertas del edificio y entró.
Pasó toda la tarde entre libros, pergaminos y manuscritos y cuando vino a darse cuenta la noche había caído sobre Ankatavaka y un amable bibliotecario le comunicaba que debían cerrar el edificio. Salió al exterior cansada, pero exultante y satisfecha y se dirigió hacia la posada.
Cuando entró al establecimiento se encontró con que Ramalad se había restablecido por completo y sentado a solas en una mesa cercana a la chimenea, comía con ganas un buen plato de algún tipo de guiso. El mago interrumpió un segundo su cena para saludarla con la cabeza cuando entró por la puerta y a continuación volvió a centrar su atención en el suculento plato. Fue directa hacia la mesa y tras preguntarle a su compañero por su estado y constatar que todo estaba en orden, encargó a una de las camareras cena para ella. Acabada ésta y cuando hubieron retirado los restos de comida de la mesa, pidieron unas copas de vino para alegrarse la velada y Occo narró al hechicero los sucesos más importantes de su tarde. Tras la escueta parla se dispusieron a verificar la ruta que habían de tomar al día siguiente cuando abandonaran la renacida ciudad. No había terminado Ramalad de extender el mapa encantado que le diera el arcano mensajero cuando una figura se acercó hasta su mesa. Vestía una túnica azul larga que lo identificaba inequívocamente como clérigo, lo cuál no extrañó a ninguno de los dos amigos dada la masiva afluencia de ellos que recibía de nuevo Ankatavaka. Pendía de su cuello un medallón que el hombre exhibía con orgullo y en el que se podía observar el símbolo universal del infinito, un bucle entrelazado que no tenía ni principio ni fin: el símbolo de Mishakal. Se presentó el recién llegado como Michael y pidió permiso para sentarse y compartir una copa de vino con la pareja. Guardando de nuevo el pergamino, ambos mostraron su conformidad y encargando el prometido mosto, les interrogó sobre cuestiones intrascendentes. Era un buen conversador y bastante cortés y agradable y todos pasaron una placentera velada. Compartieron con él el motivo de su viaje y el hermano Michael les informó acerca de una pareja de aventureros amigos suyos que tal vez pudieran acompañarlos, para hacer más seguro su viaje. Les dijo sus nombres y donde encontrarlos (en otra de las posadas de la ciudad), lo que le valió el sincero agradecimiento de los dos. Siguió la conversación por derroteros poco trascendentes hasta que el clérigo de Mishakal, a petición de ambos, les relató los pormenores de la historia de la ciudad. Occo se sorprendió al conocer que la oligarquía de Buscadores que se hiciera cargo del gobierno del burgo antes de la Guerra de la Lanza, había abrazado con fervor el regreso de las antiguas divinidades, dándose de nuevo una situación en el gobierno de Ankatavaka similar a la que existía cuando todavía pertenecía al gran imperio de Ergoth. No obstante el siempre incisivo hechicero detectó que algo faltaba en el relato y tirando del hilo consiguió sonsacar al ahora preocupado eclesiástico una historia más fascinante y truculenta. Resultaba que no todos los Buscadores decidieron adorar a deidades benignas o neutrales. Un antiguo Buscador llamado y que ocupaba un puesto prominente en la jerarquía dirigente, se sintió inmensamente atraído por el poder destructivo de Sargonnas, el dios de la venganza, actitud que según los que le conocían, o creían hacerlo, casaba perfectamente con su temperamento. De modo que decidió rendir culto a tan oscura deidad, lo que no fue visto con buenos ojos por sus colegas que alegaban podría suponer un obstáculo para el incipiente renacer de la urbe y resolvieron apartarlo del gobierno. Como era de esperar, el oscuro personaje no se tomó precisamente bien la decisión de sus hasta entonces iguales y abandonó la ciudad, jurando que su papel en el mando de la misma no había de concluir por mandato de nadie, salvo de su dios. Hasta el momento, contó Michael, no habían vuelto a tener noticias suyas si bien algunos espías aseguraban haberle visto en las proximidades de la ciudad, aunque nadie había sufrido percance alguno.
Tras acabar su historia el clérigo de Mishakal se disculpó y alegó que debía encontrarse en el templo de su diosa para la oración nocturna. Deseándoles suerte y recordándoles pasar por la posada y conferenciar con sus recomendados, pagó los vinos y desapareció por la puerta de la calle. Quedaron de nuevo los compañeros en su mesa y tras debatirlo unos breves instantes, decidieron hacer caso al jovial clérigo y partieron en busca de la susodicha posada. Establecimiento de renombre dentro de la joven ciudad, no se podía considerar lujoso, aunque si parecía más cómodo y mejor acondicionado que el tugurio donde se hospedaban. Encontraron rápidamente a la pareja por las descripciones bastante ajustadas que les había facilitado el clérigo de Mishakal y se llegaron hasta su mesa portando cuatro jarras de cerveza. Se trataba de una mujer humana y un achaparrado y robusto hombrecillo, a todas luces miembro de la raza enana. Tras presentarse y aclarar que venían de parte del hermano Michael, les expusieron su petición de viajar juntos hasta el linde del bosque de Qualinesti y el enano pidió, sin consultar siquiera a su compañera, que se les pagase por sus servicios de guardaespaldas. Como ni Ramalad ni Occo estaban dispuestos a soltar prenda por tales favores, no llegaron a ningún tipo de acuerdo y tras apurar las cervezas (el mago ni siquiera terminó la suya), regresaron como habían venido a la posada en la que se hospedaban.
